Foto: Archivo

Opinión

Figura y forma: Manuel Fuentes, escultor


Por Horacio Romero
22 Abril 2013

Manuel Fuentes lucía elegante: pantalón negro, guayabera de lino blanco. Era el 28 de mayo de 2010 y el gobernador del estado le entregaba el Premio al Mérito Artístico de Hidalgo: diploma y cheque.
Meses antes, en los patios de la antigua estación del ferrocarril de Pachuca, su aspecto era completamente distinto: su menuda figura parecía inofensiva ante la enorme piedra a la que le aplicaba despiadados golpes con el cincel. Estaba completamente cubierto de polvo. Lo traigo hasta en las orejas, me dijo al saludarme, mientras se quitaba los lentes protectores y limpiaba con el dedo unas arenillas de la enorme roca que le habían llevado para que “le quitara lo que le sobra”. Una obra conmemorativa en su estado natal, del que había salido una madrugada trepado en un camión cargado de pacas de alfalfa, en una especie de exilio propinado por el comandante policíaco de Tlahuelilpan por haberse metido al corral del ruedo de la Feria a practicar con los toros de la faena del día siguiente.
Yo quería ser torero, cuenta, pues era la única forma para salir adelante en ese pueblo —Ignacio Zaragoza, municipio de Tula—. No los baje sino hasta que llegue a México, se le ordenó al chofer, lo cual éste cumplió. Con las fuerzas que tiene quien apenas ha salido de la adolescencia, Manuel aguantó el frío húmedo de antes del alba; sus dedos, como ganchos, casi se fundieron con los alambres de las pacas de alfalfa.
Podríamos decir que aprendió la lección: ya no volvió a su tierra.

Sin un clavo
En otra ocasión, sin “un clavo en la bolsa”, viajó a Tlaxcala, pues se enteró que habría una “tienta”, donde el célebre Capetillo había sido llevado para probar la bravura de la ganadería.  Con su “lío” bajo el brazo, de aventón y ocho kilómetros de caminata llegó al lugar, donde había ya un hervidero de colegas ansiosos de una oportunidad.
Los torerillos al borde del ruedo gritando, todos al mismo tiempo, “matador, deme chance; matador, deme chance”, ansiosos, según ellos, de lucirse.
Por fin el torero lo señaló. Bajó de inmediato ya con la muleta en la mano. La vaca lo lanzó por los aires. Se levantó y lo intentó de nuevo, pero el animal lo embistió otra vez, le dio una maroma y alcanzó a rasgarle la camisa, darle un raspón en todo el pecho y hacerlo rodar por el polvo. El torero salió al quite con elegancia y desdén, “afuera, el que sigue”.
Otra vez ocho kilómetros caminando hasta la carretera a pedir aventón a la Ciudad de México. La camisa rota, manchada de barro y sangre: en su rostro la palidez del hambre. Pasaron horas, se hizo de noche, comenzó a llover. Se rindió. Ya no miró más hacia los vehículos que se acercaban.
Se llenó de furia: contra el toro que lo había lastimado, el toreo, la noche, la lluvia, todo.
Algún día tengo que llegar, qué carajos, pensó.
No se dio cuenta cuando una camioneta se paró junto a él. Siguió caminando. Ey, tú, ¿a dónde vas?, le dijo el chofer. No hizo caso y siguió caminando, como si fuera una aparición en esa noche fantasmal. Muchacho, ¿a dónde vas? Súbete, te va a dar una pulmonía. Manuel reaccionó por fin. ¿Qué andas haciendo por aquí a estas horas?, inquirió el hombre. Fui a torear a Apizaco, dijo. El hombre dejó escapar una agria sonrisa. Arribaron al siguiente poblado. Acompáñame a cenar, oyó; hasta aquí llego. Comieron. Ya no te puedo acercar más, tengo que entregar la camioneta, pero tómate el camión, y le extendió un billete de diez pesos.
Ahí terminó su relación con el toreo. E inició, sin saberlo aún, con la fotografía y la escultura.
—En dos meses me voy a Holanda, a la Bienal de escultura —me cuenta—. Es una prueba de tesón y resistencia; tallar una piedra de tres metros en mes y medio no cualquiera.
—Pero también eres fotógrafo, los retratos de José Revueltas, Juan de la Cabada, Carlos Illescas, Gabriel García Márquez, Ernesto Cardenal, Mario Benedetti, Antonio Rodríguez y muchos más son estupendos.
—Me comencé a dar a conocer como fotógrafo, más que como escultor.
—¿Entonces?
—Bueno, también fui soldador, cantante, extra de cine (me dejaba caer del caballo por cincuenta pesos), pero recuerda que soy de la tierra de los toltecas, me dice, tenía que ser escultor, por supuesto autodidacta, y suelta su característica carcajada.



Nota publicada en la edición 741