Opinión
Psycho: Cantos del Mictlán
Foto: Archivo
Por Héctor Domínguez Ruvalcaba
29 Abril 2013

“... esto se vive en mi ciudad minuto por minuto./ Pregunta si disfruto de esta pinche realidad./ ¡No! Todos en el Mictlán tenemos esta enfermedad”, canta el Veckors (Jacob Lenin Cárdenas Loya) en una de sus piezas incluidas en la colección Mictlán, un disco de rap compuesto al calor de las balas y los llantos en una Ciudad Juárez que se niega a perder el aliento y resurge adolorida de los escombros neoliberales. Con sus más de 11 mil muertos en un solo sexenio, la ciudad es con todo derecho la imagen contemporánea del Mictlán azteca, uno de los destinos de los muertos, el que se ubica al norte, al igual que Ciudad Juárez, Paso del Norte, o Paso de la Muerte (como se llegó a nombrarla en el siglo XIX). Con poco más de 20 años, el Veckors ya tiene biografía, y la divide con hitos de luto y desplazamientos: “antes de que muriera mi madre”, “cuando me llevaron a vivir a Albuquerque”, “después de que mataran a mi hermano”, eventos que sin duda imprimieron en su rostro una mirada irremediablemente melancólica, aliviada apenas con sus gestos de cortesía. 
Hace una década, el hip hop juarense se conducía con resentimiento y reto. El ambiente transcurría en la lógica de los territorios y el círculo vicioso de las riñas pandilleriles que todo lo ciegan y desangran. Entonces veíamos entrar a los morros vestidos con ropa holgada y el cabello al rape, atentos no a una posible conquista erótica sabatina sino a buscar quién trajera los signos enemigos para armar su conquista peleonera. Salían a relumbrar en las penumbras antreras las navajas, los gritos de pánico, los llantos de las novias y las fuerzas de contención de la policía que llegaba en el acto a pepenar cuerpos furiosos para atascar los separos: fuente jugosa de multas, mordidas y hurto de objetos personales, dinero y todo lo de valor que trajeran puesto. Objetos que pronto llegarían a los mercados de segunda o a las numerosas casas de empeño.
Pero el Veckors ––y los colectivos como Filos Clandestinos, Funky Bless y Resizte–– pertenece a la generación que vio derrumbarse ante sus pies al hedonismo fronterizo y la vida de sus seres queridos. Su barrio, La Chaveña, contiguo al centro legendario del placer juarense, está de luto. Un viento polvoso cubre de resignación a un pueblo que ha llorado a muchos muertos y que ha visto reducirse a ruinas edificios, aspiraciones, afectos, y a toda una economía que daba de comer a santos y lacras por igual. Como todo hip hop, el juarense es un arte que interviene el paisaje urbano con osadía: lo arrebata, lo ocupa, lo rescata. Aquí el rapero emprende su caminata por la ciudad como un paseo plañidero en una zona de desastre. En un clip publicado en Youtube, el crew Funky Bless recorre los escombros de edificios demolidos en el centro de la ciudad, mientras canta una elegía al amigo muerto. Son las calles aledañas a la Mariscal, la zona de burdeles, salones de baile popular, hoteles de paso, cantinas gays y picaderos: todo un fragor nocturno que tuvo un apagón repentino entre 2008 y 2009 cuando las autoridades municipales y grupos empresariales emprendieron una campaña de compra y demolición de la zona. El ex presidente municipal Jorge Reyes Ferriz declaró en su momento que la demolición era parte de un proyecto de modernización y cambio de giro de toda el área. Pero el único cambio de giro que hemos presenciado ha sido el del viento, regodeado de polvo.
    Se han ido las furias y dejaron un tortuoso aliento de abandono. “Sólo resta resignarse con lo que hay”, canta Funky Bless, y añora el tiempo en que podían reír con los que se han ido. La añoranza alivia las noches vacías del presente. Ya no hay marcha atrás. “Oh God: please, show us the way!” es la oración con que concluye su paseo por la calle Mariscal, donde los otrora callejones peligrosos se han desdibujado entre muros derribados y basura antigua. Funky Bless, como el Veckors y los numerosos crews que se han formado bajo el hedor de la muerte, reclama su espacio, y aunque a menudo se repliega en un murmullo fatalista, encuentra en la memoria del mundo feliz un punto de escape. Por eso, el gangsta, el clásico rap que despliega un egocentrismo violento, ha decidido callar para dar lugar a la voz de la víctima, el joven que está de luto y pinta un tag en memoria de los caídos en la guerra absurda del narco o las pandillas, y que en los funerales ofrece un ritmo al llanto y arropa al duelo con poesía.



Nota publicada en la edición 742