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Opinión

Invitación al viaje: Contra el corazón ilustrado


Por Fanny Enrigue
13 Mayo 2013

Me arriesgo a recorrer en solitario
el abismo sin fondo.
John Milton, El paraíso perdido

Mil ochocientos y helados a muerte, o lo mismo: 1816, la erupción del volcán Tambora, ocurrida un año antes —entre otras calamidades naturales de la época—, hace desfilar, más allá de Indonesia, cenizas, sombras que circundan el cielo europeo. A poca distancia de Ginebra, en la Villa Diodati, con el aliento a láudano y los fantasmas de John Milton, con las ideas del Romanticismo corriendo en ríos subterráneos, Lord Byron y sus invitados se embarcan en macabra nave: Percy y Mary Shelley, su hermanastra Claire, y el doctor Polidori, como en aquellas fábulas medievales en que los perturbados mentales eran alejados de tierra, deciden, con la palabra literaria como mástil, viajar hacia las simas del psiquismo humano.
Los cadáveres, hallazgos de este éxodo en el año sin verano, tendrán por nombre El Vampiro, de Polidori, y Frankenstein, de Mary Shelley; además de un cuento inconcluso de Lord Byron. Literatura que alza la estaca contra el corazón ilustrado, y afirma, al clavarla, su fascinación por lo extraño, su hipnotismo por aquello ante lo que la razón balbucea, la necesidad de recorrer las zonas más oscuras, ese inconsciente ignoto que, de acuerdo con Hamann, poseía toda la riqueza del conocimiento humano.
Toda una fauna demoníaca, herencia de la tradición y del folclore, precede ciertamente a figuras como la del vampiro (Lilith, por mencionar una). No obstante, hay aspectos que, conjugándose, zanjan el abismo de estos entes ficcionales respecto a las mitologías del pasado.
Por una parte, en El paraíso perdido de John Milton —como ostentan magistralmente algunas pinturas de William Blake—, se trastoca la imagen de Satán, librándolo de los antiguos estigmas religiosos para elevarlo a héroe, símbolo de la belleza y esplendor poéticos: “¡Oh, tú, el más sabio y el más bello de los ángeles, / dios traicionado por la suerte y privado de alabanzas!”, rezará Baudelaire, en consonancia con dicha estética. Pero asimismo, esta obra de Milton, publicada en 1667, plantea la problemática del infierno y del paraíso como espacios inherentes al hombre, alejándose de la teología tradicional: “Pues el infierno / lo lleva dentro y fuera, ni de allí, / cual tampoco de sí, puede escapar / viajando”, leemos en esa obra.
El Romanticismo había succionado sangre de la vena miltoniana: la belleza maldita se instauraba como una de sus piedras predilectas. Ello sumado al rescate de la visión mítico-poética de la realidad: la razón no era la única facultad capaz de dar cuenta de ésta, era menester, como escribió Goethe en su Fausto: “La fantasía con todo su cortejo de razón, entendimiento, sentimiento y pasión. Y [...] que no falte su pizca de locura”. La peste de la superstición que proponía erradicar el pensamiento ilustrado, se desfiguraba en un nuevo rostro que llevaba a cabo un rescate de algunas piezas de ella para integrarlas en su visión estética.
En el caso del relato de Polidori —secretario de Byron que sostenía una clara antipatía por él—, bajo la máscara de Lord Ruthven presenta un retrato de la apasionada persona de Byron, desde su exaltación de los vicios hasta el placer por la crueldad, incluida la perversidad para con sus mujeres: “A pesar de la mortal palidez de su rostro —leemos en El Vampiro— era gallardo de figura y silueta, y muchas cazadoras de notoriedad trataban de conquistar sus atenciones y obtener alguna prueba, al menos, de lo que ellas llamaban afecto”.
La figura del vampiro constituye una inversión de la figura de Cristo: “El que come mi carne y bebe mi sangre tiene la vida eterna y yo le resucitaré el último día” (Juan, 6:54), como se hace patente en la agonía del XIX con Drácula, ya habitada la literatura de numerosos personajes femeninos y masculinos de esta índole. Es la conciencia trágica desplegada en toda su ambigüedad: su eternidad sostenida en una no-vida representa la putrefacción de los valores tradicionales, la sentencia nietzscheana de la muerte de Dios (entendida como ese corte mortal al cuello de la “verdad” y los absolutos) que, a pesar de todo, Stoker hace sucumbir bajo la mano de los hombres que en última instancia se aferran a esa seguridad, a las certezas heredadas, tambaleantes en los albores del siglo pasado.



Nota publicada en la edición 744