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Opinión

Forma y fondo: Mario Cuéllar, tenor


Por Horacio Romero
20 Mayo 2013

Antes de cruzar la calle de Balderas sentimos en la cabeza las gruesas y pausadas primeras gotas de lluvia. “Creo que se viene un aguacero”, me dijo Mario Cuéllar, y corrimos tan pausado como esas gotas gordas, pesadas como nosotros. Alcanzamos la esquina de Iturbide. La lluvia era ya torrencial, de ésas que asustan, porque aumentaba y aumentaba e invadía ya todos los resquicios. Un grupo de albañiles subió a un pretil y se libró por el momento del agua. Hicimos lo mismo. Coincidimos con ellos en que esa fuerza torrencial no se había visto desde hacía mucho en la Ciudad de México. Enfrente de nosotros, providencial, una señora vendía pequeños impermeables de plástico a diez pesos. Nos los pusimos y echamos a correr de nuevo a mi estudio, a cuatro calles. Nuestra protección fue destruida por los latigazos del viento antes de llegar a Bucareli; las otras tres cuadras las corrimos con los plásticos ya envolviéndonos como una necesaria simulación. En el estudio, el agua había entrado por las ventanas de los pasillos y corría alegremente por la duela hacia los rincones. Mario se acomodó en el sillón, pidió papel y pluma; yo puse el CD del Ave María de Schubert. La lluvia pasó y en minutos el estudio estaba lleno de gente. Era el viernes 27 de julio de 2012. El lunes de esa misma semana Mario Cuéllar había arribado a la Ciudad de México, procedente de Colima, donde reside ahora, para embarcar a su hija a Londres. Nos vimos, para un saludo, luego de ese deber. En la Covadonga iniciamos la charla, pausada como esas primeras gotas de lluvia del mediodía, que terminó también torrencial al final de la semana. Yo realizaba mi trabajo; él me acompañaba a supervisar, e íbamos a algún lugar interesante de la ciudad, donde además de conocerlo pudiésemos libar algunos de los brebajes del sitio. La Sultana, El Tío Pepe, El Gante, Las Delicias de la Roma, Los Caudillos, volvíamos a casa y entrábamos a la madrugada escuchando informales lecciones, explicadas casi musicalmente con su tesitura de tenor. Era como si un pintor nos impartiera lecciones de pintura, pintando o un escritor nos enseñara de literatura, escribiendo.
A Mario Cuéllar le había perdido la pista; me enteré que fueron los mismos años que estuvo en el Reino Unido aprendiendo cómo sacar más de su don natural, de su enorme voz. “En realidad yo soy patólogo”, decía cuando se daba cuenta de que las personas comenzaban a mirarlo como cantante natural, inimaginable fuera del ambiente de la música. Días y noches donde su historia se tejió con los hilos de la historia personal y la de la música, de tarareos que inmovilizaban las almas y los átomos a su alrededor. Lo personal: su padre, fabricante de zapatos, el por qué los estudios de medicina y no los de música. Y recordamos, era inevitable, cuando nos conocimos sin conocernos, en La Fuente, lugar que no requiere presentación, en Guadalajara, a fines de los ochenta del siglo viejo. Me pasaba por ahí, en mis estadías mensuales en la ciudad tapatía, a una hora prudente como para permanecer todavía allí en el punto en que se desataban los demonios: los músicos que habían arribado exhaustos del ensayo en el Teatro Degollado, recobraban al regreso la energía y pareciera que hipnotizados se miraban de pronto al lado del piano o del contrabajo, que solían amenizar esas tardes, y se integraban fielmente al compás en improvisaciones memorables. Fuera una trompeta, un clarinete o un violín. Como si esperara que la integración fuera perfecta, de una de las mesas, siempre cercana a la entrada, salía de pronto una voz potente, clara, estupenda. Era, para mí, el médico que canta. También significaba el principio del fin de la noche, pues ya sólo queríamos que el tiempo se alargara para seguir escuchando a quien supe después se llamaba Mario Cuéllar, uno de los mejores tenores de México.
En ese viernes lluvioso que rememoro Mario hacía ya los preparativos para regresar a Colima, y parece que deseaba despedirse con una lección magistral de los registros vocales del bel canto, para lo cual había ya realizado los esquemas mientras yo secaba el estudio. Lo hizo, en medio de una conversación donde se hablaba, aparentemente, de todo. Salimos como estampida a la húmeda noche, quizás porque estaba por cerrar el Metro. Mario era ya para nosotros un maestro, no sólo del canto, sino de la enseñanza del canto.



Nota publicada en la edición 745