Foto: Héctor Domínguez Ruvalcaba

Opinión

Psycho: Rezizte, amor comunitario y alivio de colores


Por Héctor Domínguez Ruvalcaba
27 Mayo 2013

Octubre de 2012. A media mañana, la luz del sol satura el paisaje juarense. Los yonkes son depósitos repletos de formas geométricas o, si se prefiere, son los puntos finales de historias de accidentes, balaceras, decomisos, y el uso, reúso y remiendos de vehículos “chocolates” que acá vienen a morir. Los centros nocturnos donde las bandas estrepitosas de cumbias y norteñas solían amenizar los fines de semana del proletariado maquilero, soportan en silencio su deterioro: “Las Troyanas” y “Río Nilo” son ruinas que pasan por nuestra vista mientras avanzamos por el sector suroriente de la ciudad. Las firmas de la banda grafitera pueblan tapias, vehículos, postes, rocas, puentes, y cauces de acequias. La ciudad ha sido ocupada por una proliferación de signos en gran parte ilegibles y desafiantes. Algunos tags antiguos perviven como sombras evanescentes. La superficie de la ciudad exhibe las firmas de quienes creen poseerla con sus hirientes grafías. Pero ese tag incómodo, que ha provocado la persecución policial y la condena de algunos sectores de la clase media, nada logra en su precariedad frente a los coloridos murales, hechos también con aerosol, que colectivos como Rezizte y 656 han creado.
Por la avenida de las Torres se llega a la colonia Villas de Salvárcar, barrio tristemente recordado por la masacre de 16 niños y adolescentes ocurrida en enero de 2010. Vine con la activista Beatriz Lozoya a visitar al Yorch, líder del colectivo Rezizte. Llegamos a “La Pana”, su taller, ubicado en una construcción cubierta de murales llenos de diversos personajes, desde Tin Tán hasta el activista judeobritánico Simon Levin. El patio solariego de construcción inacabada congrega imágenes que homenajean a personajes del espectáculo, el arte y la política, o despliegan motivos oníricos cargados de símbolos que algunas veces nos remiten al muralismo de la Escuela Mexicana de Pintura, y otras a la imaginería de historietas japonesas. Resaltan las grafías vistosas de los tags “Rezizte” y “Arte urbano”. En los muros levantados de lo que sería el segundo piso, aún sin techo, se aprecian un pájaro y un hombre con sombrero cuyo rostro está trazado con un entramado geométrico. Rehiletes, paliacates, plumajes, ideogramas cubren esos muros que parecen haber sido construidos con el único propósito de servir como lienzos en los que desplegar la imaginería del aerosol. Caligrafías dinámicas, vivaces, líneas caprichosas, sombreados sutiles que logran exquisitos volúmenes, evoluciones cromáticas inagotables, el universo visual de Rezizte ha hecho de las calles juarenses un gran foro donde el dolor por la ciudad en ascuas se resuelve en homenaje a la identidad fronteriza y un insistente comentario derechohumanista.
Uno de los proyectos de mural urbano que destacan en el paisaje juarense es el que Rezizte tituló “Mujer juarense”. Se trata de una intervención del depósito de agua potable de la colonia Salvárcar. Las dos tapias que rodean al gran tinaco esférico fueron cubiertas de imágenes. A la derecha encontramos un paisaje con oleajes y gotas de lluvia rodeando a una luna-mujer; luego, se aprecia el rostro de una anciana indígena, cuyo trasfondo lo componen motivos geométricos de la cerámica prehispánica de la región. Lo sigue una mano con un conejo en el cuenco. A manera de trasfondo, proliferan rostros de mujeres jóvenes y niñas en gris tenue que sugieren un campo poblado de fantasmas. La esquina que une a las tapias la ocupa un rostro femenino nimbado como los santos. En la tapia de la izquierda se aprecian dos manos que sostienen una planta recién nacida y, a continuación, una mujer vestida de rarámuri, también con motivos de cerámica precolombina. Por último, encontramos la silueta de un feto, y los créditos de instituciones y organizaciones que apoyaron el proyecto. El depósito de agua, que descansa sobre altos pilotes metálicos, forma parte de este mural. Ahí se aprecia otro par de manos que parecen sostener un planeta azul. Agua, mujer indígena, un conejo y un feto se erigen como símbolos de la vida en un espacio dominado por el miedo a la muerte. Un alivio de colores ocupa las calles de esta ciudad herida.
Al rodear la manzana encontramos al sicario, un personaje con rostro de calavera y vestido de negro que apunta hacia el espectador con un rifle de asalto en una suerte de perspectiva que consigue una audaz profundidad de campo. Yorch nos comenta que este mural es parte de la serie de sicarios que produjo durante los años de mayor mortandad en la ciudad. Frente al terror de la bestia humana adicta a la muerte, lejos de pretender la posteridad, los artistas de Rezizte proponen volver al amor comunitario para ahuyentar las balas. Un amor multicolor de una generación que sueña con que cese la lluvia de las balas.



Nota publicada en la edición 746


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