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Opinión

Invitación al viaje: Consumidos por el horror


Por Fanny Enrigue
10 Junio 2013

Para A.M.L

¡Ah! Sed hombres; sed algo más que hombres.
Mary W. Shelley. Frankenstein

El moderno Prometeo carece del esplendor del titán que la mitología griega describía. En esta última, el atrevimiento de engañar a Zeus para robar el fuego a los dioses y entregárselo a los hombres, conlleva el castigo de ser encadenado a una roca en el Cáucaso; según narra Hesíodo: “Zeus sujetó con cadenas sólidas al sagaz Prometeo, y le ató con duras ligaduras alrededor de una columna. Y le envió un águila de majestuosas alas que le comía su hígado inmortal”. Sin embargo, no hay marcha atrás en las consecuencias de la osadía cometida: el Prometeo clásico, al entregar el fuego a los hombres, les ha dado lo imprescindible para el desenvolvimiento espiritual y desarrollo material; en suma, ello ha sido interpretado como el paso a la cultura.
 En Frankenstein o el moderno Prometeo, publicado por primera vez anónimamente en 1818, Mary W. Shelley efectúa, respecto al mito tradicional —cuya imagen de lo divino ya había sido puesta en cuestión por Esquilo—, una doble inversión del titanismo. Descendiente de las ideas del movimiento del Sturm und Drang, tanto los conceptos metafísicos (ser, verdad, etcétera), como ciertas figuras míticas (como la que tratamos) son llevados al cadalso, no con el objeto de ser exterminados sin más, sino con la finalidad de ser —a través de la literatura— cuestionados, debatidos.
La primera de esas inversiones, la más obvia, es presentada bajo la figura del doctor Victor Frankenstein. Análogo a tantos otros personajes míticos, éste expresa: “Eran los secretos del cielo y de la tierra lo que yo ansiaba saber”. Es frecuente que castigos ejemplares recaigan sobre aquellos que pretendan o consigan igualarse a los dioses (recuérdese a Tántalo y su desafío a las deidades, divulgando sus secretos y ofreciéndoles a su hijo como banquete).
El doctor se siente horrorizado una vez que logra su cometido, pues pese a adquirir esa condición de dios creador, el quebranto de los límites está lejos de resultar una dádiva: ni para la humanidad ni para su propia criatura fragmentaria, hecha a base de cadáveres, cuya existencia no puede emparentarse, por tanto, ni con la de los hombres y tampoco con aquella de las divinidades. El saber en Victor Frankenstein se torna amplio círculo en que se cimentará su infierno.
Su criatura representará, según expresa la doctora Ana María Leyra (La mirada creadora. De la experiencia artística a la filosofía, 1993), su doble monstruoso. Por una parte, hacia el exterior, dada su deformidad y el rechazo que genera a donde va, muda su insatisfecha capacidad de amar en infinito poder destructor: “Si no puedo inspirar afecto, inspiraré terror; y a ti, mi mayor enemigo, por ser mi creador, te juro un odio inextinguible”; haciéndose promesas de “sembrar el estrago y la destrucción a mi alrededor” para luego sentarse “a gozar en aquella ruina”. Además, en ese mismo sentido de exterioridad, el doctor le niega la posibilidad de una compañera; en un inicio decide cumplir las exigencias, mas, apolillado por la culpa cuenta que: “Los restos de la criatura inacabada que había destruido yacían esparcidos por el suelo; casi me pareció como si hubiese despedazado la carne viva de un ser humano […] decidiendo arrojarlos al mar esa misma noche”.
No obstante, su condición errática y solitaria lo apremian a la autoconstrucción, al aprendizaje, una vez que —en imagen de Narciso invertido— adquiere conciencia de su monstruosidad. “La tarea humana —escribe la doctora Leyra— queda así planteada como una tarea eminentemente creadora, y crear va a tener a partir de ahora no sólo el sentido restringido a las artes, no permanecerá la imagen de aquel Prometeo escultor de los orígenes, sino que el marco de la creatividad se amplía y repercute en el propio sujeto humano que debe llevarla a cabo”.
Consumidos, finalmente, por el horror y las consecuencias que conllevan sus creaciones, sin absolutos ni límites que los definan, la muerte ocultará para siempre aquel trágico secreto del doctor, aniquilado por la fiebre, mientras que su criatura subirá a una pira funeraria, para gozar “en la agonía de las llamas torturadoras”. Será el infierno de hielo y fuego, la ausencia de parámetros, el terreno desde el que Nietzsche expresará la necesidad de la transmutación de valores y la aparición del superhombre.



Nota publicada en la edición 748