Foto: Archivo

Opinión

Fondo y forma: Daniel Tuchman, músico


Letras excelentes y bien adaptadas al rock son conceptos que definen al músico Daniel Tuchman

Por Horacio Romero
24 Junio 2013

Habrá sido a fines de los noventa del pasado siglo. Como colaborador de la sección cultural del entonces legible diario El Financiero, me tocó asistir a la tradicional fiesta reventón que el coordinador ofrecía a sus colaboradores. Esa vez la delirante celebración se efectuó en el también afamado Arcano 14, tugurio de jazz en la avenida División del Norte, por el sur de la Ciudad de México. Ahí se dio cita la variopinta banda que arropaba al entonces afamado Víctor Roura. La cosa, en realidad, era beber; me parece que el trago más que la cultura era lo que hermanaba a modo de común denominador a aquel compacto grupo. En esa ocasión la fiesta fue amenizada por Víctor Ruiz Pasos, celebérrimo bajista sobreviviente de la época de oro del jazz en México y por Daniel Tuchman, a quien yo no conocía. En su turno, Tuchman apareció de modo poco usual entonces: sin músicos de acompañamiento (guitarra eléctrica, caja de ritmos y su voz).

Con los primeros acordes supimos que era suficiente; su infaltable, según supe después, sombrerito blanco, saco y jeans. Se veía bien. No costaba trabajo identificarlo de inmediato como un gran músico. Letras excelentes, bien adaptadas al rock cuando casi nadie hacía buenas letras para el rock en español. Su lírica para cantarse era igual poesía para decirse. (… una palabra/ que te acueste tarde/ una palabra/ que respire fuego/ Una palabra/ que nos siembre juntos/ en el centro cordial del universo/ Una palabra/ que te cuente un sueño/ que te deje de mí/ lo que te diga/ Un torbellino… que te crezca dentro, un torbellino que… te crezca dentro). El dominio de su Fender con largos rifs lograban un rhythm and blues impecable;  la caja de ritmos solucionaba la orquestación. Los matices jazzísticos en sus rolas hacían el número completo.

El ron fue de un fluir continuo, constante, abundante. El tejido de conversaciones en la semioscuridad del sitio establecía vasos comunicantes que bien podían convertirse en una auténtica instalación sonora.

Tuchman cerró con su hit “La última neurona”, pieza sencilla, pegajosa, hasta bailable. Para ese momento yo era ya su irredimible adepto. Con música de fondo siguió la pachanga.

Fue la casualidad, hay que decirlo así, la que me llevó a coincidir con Roura en los mingitorios, el lugar menos casual de la noche. Intercambiamos, ambos cara a la pared, opiniones de algún músico, con las que, al parecer, no coincidíamos. Un tercer personaje se colocó con la cabeza gacha frente a la pared para hacer lo propio y escuchó mi parlamento. No le hables así al maestro Roura, dijo enérgico, hacia mí. No le hable cómo, contestó displicente el aludido, o sea yo, volteando hacia la voz. Se trataba de Daniel Tuchman en persona, quien ya se había dado tiempo para alcanzarnos en esa loca carrera de ingesta de ron.

Le parecía que rebasaba yo los protocolos jerárquicos y rayaba en la insolencia. Discutimos. Mis intervenciones, según yo conciliadoras, sólo lo enardecían e intentó lanzarse a golpes contra quien esto rememora. A Víctor ya en ese momento le daba igual mi forma de hablarle, como el enojo de Tuchman y, por lo tanto, si me golpeaba o no. En eso apareció, para formarse frente al mingitorio Bogotá, el caricaturista. Puso paz, se quedó platicando conmigo mientras Tuchman llenaba de reconocimientos a Víctor para justificar su enojo, a quien le seguía dando igual.

Como fuera, Tuchman ya había conquistado mi oído. Semanas después compré un casete de grabación callejera en Guadalajara, mal grabado, pero suficiente para contar con algo de este talentoso maestro. No volví a saber de él. He preguntado y me dicen que se fue de la ciudad de México. Supe que el casete que conseguí venía de un disco publicado por RCA, cuando en esa empresa se entusiasmaron con los roqueros mexicanos de los ochenta, etapa que logró alcanzar a Jaime López.

Gracias a Youtube pude ver a Tuchman en un par de videos del programa del legendario Sergio Romano en el canal 11, otro en una estación de radio, en Tijuana me parece, pero no más. Por fortuna no me golpeó esa noche y los insultos a mi persona los he olvidado, pero no su música. Creo que el disco de Daniel Tuchman merece volver a circular. Lo escucho en mi casete y noto que no se ha hecho viejo. Ojalá alguien lo suba a la web, pues mi humilde casete ya no da para tanto.



Tuchman cerró con su hit “La última neurona”, pieza sencilla, pegajosa, hasta bailable. Para ese momento yo era ya su irredimible adepto. Con música de fondo siguió la pachanga
Nota publicada en la edición 750