Foto: Miguel Asa

Crónica

Museos con tortilla azul


Un rápido viaje a la capital deja un recuerdo de fugaces imágenes vistas en siete museos, luego la melancolía obliga a la imaginación a volver y volver…

Por Miguel Asa
18 Noviembre 2013

Noche de viernes en vela para seleccionar el soundtrack de viaje, poca ropa, cámara fotográfica, grabadora y cepillo de dientes. Estaba listo para el Distrito Federal. Dormí media hora antes de partir en uno de esos vehículos para grupos: primera vez en años que no viajaría de raite. Las ojeras, la tardanza, las maletas, la desgana del sueño y la emoción de la aventura, todos reunidos en la comisura de los ojos hinchados y después, al lado de los compañeros de viaje, la carretera México-Morelia con sus paisajes, las casetas, las paradas estratégicas y qué sé yo de los demás.

El restaurantito de La Marquesa y sus quesadillas con huitlacoche a la llegada, qué sabroso: “El amor se edifica en la panza”, pensé. Comencé: cómo sería mi experiencia, qué observaría, qué analizaría, qué, qué, qué, qué. Llegué al DF para disfrutar hasta su tráfico impoluto. El clima apetecible, la humedad y el frío de la ciudad capital en los huesos.

Primero
El Museo de Historia Natural y Cultura Ambiental de la Ciudad de México, allá en el Bosque de Chapultepec, me recibió con estáticas mariposas del lugar, una esfera con proyecciones, sí, la Tierra y otros planetas se movían frente a mí, la evolución del hombre en sus diversas etapas, la última réplica del Diplodocus Carnegie fungía como custodio del museo y una vasta muestra de taxidermia de varias especies; todo ello presentaba al lugar construido en 1954, que se encontraba en renovación.

Al día Chava Flores, “desde las diez ya no hay donde parar el coche/ ni un ruletero que lo quiera a uno llevar,/ llegar al centro, atravesarlo es un desmoche,/ un hormiguero no tiene tanto animal”, y la sonrisa surgió en mí. Tras desayunar en el Café Tacuba emigré al Museo Interactivo de Economía, “¡santos recorcholis, Batman!”, grité. Tecnología aplicada, novedosas herramientas, distintos materiales y un preciso trabajo de gestión me sorprendieron. Y es que el dinamismo con que uno entra a cada sala e interactúa hacen de cada visita una experiencia única, desde la sala de pequeños consumidores hasta aquella en la que los adultos realizan una simulación de mercado.

Más tarde
El folclor y el colorido de México ante mis ojos. Al mediodía de ese “sábado Distrito Federal” pasé al Museo de Arte Popular. En él la obra de mi gente, de mi tierra, de mi esencia. Entré, un vocho con espíritu huichol, arriba el manejo de la plata, de los barros, de la madera, de la cerámica, de la muerte, de las leyendas, de los escenarios pueblerinos y todo en una estructura con una excelsa iluminación, con una museografía precisa, como si se tratase de una antítesis de lo ahí expuesto. De pronto los alebrijes jugaron conmigo y me transportaron por tierras enormes. Al final me llené de gozo cuando contemplé las obras del pueblo en el que había crecido, Tonalá, las identifiqué por los bigotes de sus soles y los ojos de sus nahuales. Nuevamente escape.

En la comida
El Museo Tamayo de Arte Contemporáneo, qué edificio, qué esplendor y dentro, obras que postran ante el espectador la visión de la modernidad de algunos artistas. Artefactos en varias salas creados con perspectivas abstractas para cuestionar una índole filosófica de las nuevas sociedades. La inspiración de la línea en su esplendor, unos trazos poco comunes por ahí, una sala de minimalismo, algunas siluetas de máquinas y, sobre todo, la reacción de uno ante ellas.

Después
Me embarqué hacia las texturas de mis antecedentes, en el Museo Nacional de Antropología, ése que tiene un paraguas al centro, obra del arquitecto Pedro Ramírez Vázquez. Imposible observarlo en tres horas, mucho menos cuando la caminata sacudía la vejez de mis rodillas al soportar la mochila de equipo. Sin embargo, la impresión de las piedras, su magna presencia en ese espacio dan al espectador una sorprendente gama de hilos que ocultan la historia de nuestra cultura: qué es México. Las cabezas olmecas, la Piedra de sol, los utensilios, las salas con un sinfín de piezas y su excelente armonía para comprenderla, impacta. Cansado terminé, literalmente muerto, al final de dicho día.

Casi al terminar, domingo
En el Museo Universitario de Arte Contemporáneo, ahí, en CU. Su moderna construcción y su esencia abstracta confortan al visitante para observar cada obra con detenimiento y cuestionarse el porqué de su creación, algo así como para reivindicar las sensaciones del tiempo en turno. Obras de amigos por ahí, una frase de Erik Castillo en un cartel de Felipe Zúñiga, “Puto es una plataforma”, una sonrisa, más allá un Daniel Lezama solito y resplandeciente, otra sonrisa. Al final, mucha geometría que no me permitió adjetivos.

La melancolía llegó porque sabía que me iría en pocas horas. El cierre de mi visita fue con el Museo del Objeto del Objeto, en la Roma. Un espacio pequeño pero con un potencial enorme. La exposición temporal, El rock en México 1955-2010. Guitarras, fotografías, firmas, vestimentas, la objetividad del objeto, la simbiosis del espasmo material y la historia de las emociones en sonidos silenciados con una curaduría de mucho color.

La hora de la partida, casi nueve quesadillas de hongos, frijoles y huitlacoche en tortilla azul de un puestecito de la calle Colima y una cerveza artesanal de un restaurantito muy auténtico me hicieron comprender las diversas funciones de la sustentabilidad museística: uno tiene que trabajar en todo, en la tortilla, en el guisado y en la salsa para dar una buena mordida y quedar sin hambre, simplemente, satisfecho. Llegué a la medianoche a casa, dormí y las canciones habían dejado de sonar.



Nota publicada en la edición 768


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