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Fábrica de sonidos

El vinilo como fetiche


Fábrica de Sonidos, columna semanal dedicada a la música por Edgar Corona

Por Édgar Corona
20 Enero 2014

Desde hace unos años recuperé mi atracción por los acetatos, vinilos o LPs, como ustedes gusten llamarles. Mantenerme alejado de este formato no ocurrió por una decisión personal, sino por el giro radical que dieron las compañías discográficas al surgir el disco compacto a finales de la década de los ochenta, y que se convirtió en el formato que reinó en el mercado hasta hace poco tiempo. 

La inclinación personal por los vinilos viene desde pequeño, cuando en aquella consola Majestic (que todavía conservo) pasaba momentos escuchando discos de Paul McCartney, Frank Pourcel y los Bee Gees. Discos pertenecientes a la colección de mi madre que, por distintas andanzas, han pasado a formar parte de mi colección.

Para bien, las grandes compañías y los sellos independientes han vuelto a colocar el vinilo en el mercado, algo que para todo buen melómano es una  irresistible tentación. Antes de esta etapa de “renacimiento”, sólo logré hacerme de unos cuantos LPs. Discos de La Unión, Maldita Vecindad y los Hijos del Quinto Patio, Fobia, Soda Stereo, Caifanes y The Cure. Material que considero invaluable por varias razones, especialmente por la profunda huella de experiencias que encuentro en su contenido y su dificultad para conseguirlo.   
El esfuerzo por ofrecer “más” al consumidor de música, a aquel que valora el objeto, y que en muchas ocasiones lo convierte en fetiche, tiene en los vinilos su mejor expresión. Aunque ésta es una opción cara.

Las disqueras han seleccionado grabaciones clave de su catálogo, reeditando gran parte de esta memoria musical en formato de 180 gramos, además de fabricar en acetato un considerable número de novedades que ofrecen una calidad de audio de primer nivel (a diferencia de los formatos digitales).

Lo de fetiche no es obra de la casualidad, tiene su origen particularmente en el gusto por el formato en vinilo, por supuesto, pero involucra una serie de elementos que se vinculan con el hecho de poseer una pieza que se disfruta por su concepción como un objeto de culto: dimensiones, portada, sonido, el rito de colocarlo en la tornamesa y, para algunos, hasta el aroma. 

Es importante aclarar que la música va más allá de formatos, tiene su propio valor, independientemente de su presentación. La música es una expresión del ser humano, una de las ramas más sublimes del arte, que tiene un influjo o efecto distinto en cada persona. Sin embargo, en una cuestión materialista, que tiene que ver mucho con una costumbre y una generación que se desarrolló en uno de los periodos más importantes de la industria de la música, el objeto es fundamental como registro, e insisto, el vinilo es su máxima expresión.

Hace unos meses un amigo me obsequió un acetato que tardó años en llegar a mis manos, quizá más de dos décadas. La verdad es que no apartaba de mi mente la posibilidad de tenerlo en mi colección, como vinilo. El detalle de su regalo me pareció increíble y, sinceramente, agradezco su empeño para conseguir ese álbum. Puedo decir sin temor a equivocarme que, si me pusieran a seleccionar mis 5 discos más preciados, ese álbum estaría en mi lista.

Así es de compulsivo el tema de los vinilos, un formato que, reitero, permite disfrutar la música con una calidad inmejorable de sonido, aunque su consumo tenga que ver más con el fetiche.



Nota publicada en la edición 774


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