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Ciencia y Seguido

El descubrimiento que cambió a la medicina moderna


Por Martha Gonzalez Escobar
3 Marzo 2014

Es sabido que el descubrimiento fortuito de la penicilina, en 1928, se debió al escocés Alexander Fleming, bacteriólogo y posteriormente Premio Nobel, que en ese año trabajaba en el Departamento de Inoculación del St. Mary’s Hospital de Londres.

La importancia de su descubrimiento no se ve disminuida por el hecho de que, no siendo químico, no advirtiera las posibilidades del moho descubierto, ya que creyó que la acción antibacteriana de la penicilina se limitaba a una pomada o a un lavado aplicado externamente. Fleming y su equipo no pudieron aislar la penicilina, ya que es un elemento inestable.

El desarrollo de ésta quedó en suspenso hasta el 24 de agosto de 1940, en plena Segunda Guerra Mundial, cuando varios investigadores de la Dunn School de Patología, de Oxford, entre los que destacaban el patólogo australiano Howard Walter Florey, que dirigía el grupo, y el bioquímico Ernest Chain, refugiado de la Alemania nazi, elaboraron un histórico artículo, en el que presentaban los resultados de investigaciones con ratones que demostraban que la penicilina era, con mucho, el agente químico terapéutico más efectivo conocido hasta entonces.

El siguiente paso era probarlo con humanos, pero la dificultad consistió en obtener la penicilina en suficiente cantidad. En enero de 1942, Florey administró en forma intravenosa penicilina preparada con la colaboración del Imperial Chemical Industries, a 15 pacientes. Con la medición de los niveles de penicilina en la sangre y estudiando efectos clínicos, estableció las dosis adecuadas para el tratamiento.

Sin embargo, en medio de la Segunda Guerra Mundial y con evidencias en los tratamientos, no había en Gran Bretaña ninguna compañía farmacéutica dispuesta a dedicar recursos suficientes para producir cantidades industriales de penicilina. El incansable Froley solicitó la ayuda de la Fundación Rockefeller, en Nueva York, que ya lo apoyaba en sus investigaciones, y, con la ayuda del farmacólogo norteamericano A. N. Richards, consiguió que algunas compañías farmacéuticas —Merck, Pfizer y Squibb— se arriesgasen a poner los recursos necesarios.

Hacia 1944 ya había cantidades suficientes de penicilina para tratar heridos de guerra en África del norte y Europa, además de las infecciones civiles graves. En 1945, Fleming, Florey y Chaning recibieron el Premio Nobel de Medicina.

Un testigo de la época, el cristalógrafo John D. Bernal, avala la importancia de la relación entre ciencia y medicina, al relatar cómo, durante la Segunda Guerra Mundial, y con un medicamento que había probado su valor clínico, se desarrollaron vertiginosamente las etapas de su purificación y preparación en gran escala, a una velocidad que jamás se hubiera logrado en época de paz, ya que el esfuerzo conjugado entre las áreas de la química, la biología y la medicina es comparable al que se realizó para el proceso de construcción de la bomba atómica.

Bernal consideró que emplearon más científicos de los estrictamente indispensables, y afirmó que de no haber sido por la guerra y su caudal de heridos y fallecidos, no se hubiera proseguido con las investigaciones de la penicilina, que al principio no parecía una sustancia tan prometedora.

El entusiasmo generado por el nuevo fármaco era de esperarse, pues la ciencia que subyacía a su descubrimiento y desarrollo, producía resultados espectaculares. Las contraindicaciones, como la sensibilización a la penicilina, serían descubiertas mucho después, y la consecuencia es que buscaran medicamentos que cumplieran funciones parecidas. Así llegó, primero, la estreptomicina, desarrollada por el microbiólogo estadunidense de origen ruso Selma Waksman —que acuñó el término “antibiótico”— y sus colaboradores de la Universidad Rutgers. Entre las virtudes de esta nueva medicina se encontró que era efectiva para combatir la tuberculosis y otras infecciones bacterianas que la penicilina no curaba.

Más tarde fueron creados otros antibióticos: en 1948, la aureomicina, desarrollada por los laboratorios Lederle; en 1949 el primer antibiótico completamente sintético capaz de curar la fiebre tifoidea: el cloramfenicol, de los laboratorios Parke-Davis; y en 1950, de los laboratorios Pfizer, la terramicina, eficaz contra las infecciones, entre otras, de las vías respiratorias.

Estos descubrimientos abrieron un mundo nuevo a la medicina de la segunda mitad del siglo XX.

Tanto que, la pregunta que se hace al respecto el mejor historiador de habla hispana de la ciencia que conozco, el doctor José Manuel Sánchez Ron, es: “¿Habría llegado la población mundial a los seis mil millones si no se hubieran conocido los antibióticos?”



De no haber sido por la guerra y su caudal de heridos y fallecidos, no se hubiera proseguido con las investigaciones de la penicilina, que al principio no parecía una sustancia tan prometedora
Nota publicada en la edición 780


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