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Ciencia y Seguido

Servicios climáticos cambian de paradigma


Por Martha González Escobar
31 Marzo 2014

Muchos de nosotros crecimos con la “imagen” de que es “normal” que en el continente africano haya temperaturas que bordean los 50 grados. Esta “imagen” se debe a que desconocíamos la existencia de un fenómeno que no es del todo “natural”, sino ocasionado por la expansión masiva tecno-industrial que dañó gravemente la corteza terrestre y debilitó a la capa de ozono, causada por las industrias de los países más desarrollados asentadas en zonas remotas, transformándolas en sus “basureros” de residuos tóxicos, generados por su actividad industrial que, además, tenía un alto impacto a través de explotaciones naturales, tales como la expropiación de tierras nativas, la deforestación, la extracción de minerales y del petróleo, por ejemplo.

Sin embargo, más allá de un daño que antes no todo el mundo captaba, las corporaciones multinacionales han continuado ganando terreno en el mercado global con sus masivas producciones, y ninguno de esos países productores generó o respetó algún tipo de legislación que regulara las explotaciones y mitigara los daños causados por sus empresas tecno–industriales.

Ahora, utilizando los medios de comunicación masiva para readaptar nuestro ambiente, antes desinformado y hoy consciente de los aconteceres en el ámbito global, comprendemos que un problema climático cruza las barreras territoriales, al igual que la cyber–cultura, y nos afecta a todos.

Gracias a la apropiación tecnológica que poseemos, los habitantes del planeta hemos estado pendientes de los resultados de las diversas cumbres convocadas por la ONU, que han sido alrededor de 16 en los años recientes.

El Protocolo de Kioto venció en 2013. Su necesaria continuación inició en la Cumbre de la ONU sobre Cambio Climático de Bali 2007 (COP 13), pero fracasó en Copenhague 2009. Las reuniones posteriores (Cancún 2010, Durban 2011, Catar 2012) obtuvieron resultados escasos, que no mejoraron en Varsovia 2013, y ni se esperan soluciones para la reunión de Lima, Perú, 2014.

Sobre las mesas de las discusiones convocadas por la ONU está un informe que asegura con certeza que el 95 por ciento de la causa del calentamiento global son las actividades humanas, y esto sucede desde la década de los cincuenta.

A los países más vulnerables al cambio climático les urge encontrar soluciones y compromisos, mientras que las naciones más poderosas evitan comprometerse a la reducción de emisiones de gases de efecto invernadero y optan por la suave palabra de “contribuciones”. La última cumbre se caracterizó por el abandono masivo, a un día del fin oficial por parte de ONG’s y sindicatos.
En la reunión regional de los países latinoamericanos y del Caribe, celebrada este año en Uruguay, surgió la iniciativa de que los servicios climáticos cambiaran su paradigma. Entendemos como servicios climáticos aquellos que involucran la producción del conocimiento climático, su traducción, su transferencia y su uso en un contexto que permita tomar decisiones y diseñar políticas y planes. Los servicios climáticos involucran a diferentes actores de la sociedad, científicos y políticos.

En la citada reunión, uno de los objetivos fue definir una agenda para contribuir a la provisión de servicios climáticos para la región. En el tercer día de las discusiones de Montevideo, Walter Baethgen, experto uruguayo del Instituto Internacional de Investigación para el Clima y la Sociedad (IRI), de la Universidad de Columbia (Nueva York) y copresidente del evento, relató a los participantes cómo ahora en la ciencia del clima priva otro axioma: “La comunidad científica nos brinda previsiones para el año 2080 o 2100, pero para un tomador de decisiones –ya sea un ministro o un pequeño productor ganadero– necesitamos saber qué pasará en el futuro a corto plazo”.

Baethgen alentó, por ejemplo, a brindar entrenamiento y financiamiento a los investigadores, para generar conocimiento; capacitar en la operación y en la interpretación de la información científica a políticos y tomadores de decisiones; entrenar en cómo comunicar esa información e incluso alentar la investigación para mejorar esa comunicación.

En cuanto a los potenciales usuarios del conocimiento climático, Baethgen señaló que hay que darles educación, para que efectivamente transformen esa información en decisiones o políticas.
Dijo que en el punto en que la información se torna en acción, el círculo se cierra, y la clave es tomar decisiones sobre la base, ya no del Paradigma de Noé, sino inspirados en la flexibilidad del Ginkgo Biloba.

Hasta hace poco regía en la ciencia climática el Paradigma de Noé. La historia del patriarca bíblico, en la que es representado cómo una persona que contaba con información climática precisa —la posibilidad de un diluvio universal, anunciado directamente por Dios— y podía tomar mejores decisiones, como construir el arca, y obtener un resultado exitoso: salvar la biodiversidad del planeta.

El nuevo modelo, señaló Baethgen, es el Paradigma del Ginkgo Biloba, inspirado en un ejemplar de este árbol sagrado de Japón y China, que el 6 de agosto de 1945 fue el único sobreviviente natural del ataque nuclear a Hiroshima.

Ubicado a sólo un kilómetro del epicentro de la explosión, un Ginkgo Biloba soportó la radiación, logró sobreponerse e incluso al poco tiempo brotó nuevamente.

“El  nuevo paradigma es adaptarnos con flexibilidad”, dijo Baethgen. “Ya no tenemos información perfecta —como Noé—, sino que debemos adaptarnos a un rango de condiciones plausibles. Y tenemos que empezar a adaptarnos a las condiciones de hoy”.



Nota publicada en la edición 784


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