Foto: José María Martínez

La vida misma

Hernán Dompé


La aventura y el ritual

Por Rebeca Ferreiro
19 Mayo 2014

Con el carácter aventurero y trotamundos, que él mismo confiesa mientras se limpia las manos en el delantal, el escultor Hernán Dompé apenas hubo cursado sus primeros estudios de Bellas Artes en su natal Argentina, se embarcó a continuar su formación en España, Francia e Italia.

Conoció Suiza, Dinamarca, Holanda y Alemania, pero no fue sino hasta su primera visita a México —en 1980— que experimentó la sensación de recibir “shocks eléctricos al tocar estelas mayas”. Hoy, después de más de tres décadas de aquella experiencia, el artista (Premio de Escultura Fundación Fortabat, 1986; Premio Konex de Platino, 1992; Premio del Museo de Bellas Artes Bonaerense, 1999) regresa consuetudinariamente a nuestro país, donde en coordinación con la Universidad de Guadalajara, impartió en días pasados un curso de escultura experimental a jóvenes tapatíos.


Embarcarse
Entré en la escultura porque era mi destino desde antes de nacer. En la casa donde crecí, que era de un tío-abuelo herrero de fragua, me crié viendo cómo trabajaba y creo que ello me influyó mucho. Además, toda mi familia ha trabajado con sus manos: uno era zapatero, otro pastelero, otros eran talabarteros. Después, el colegio secundario creo que fue una parte importante de mi formación, porque fui un pésimo estudiante. No entendía muy bien qué era lo que yo hacía en esas escuelas —pasé por varias, como animalito nada más— pero fue importante porque si hubiera sido un buen estudiante habría seguido por cualquier otra dirección. Sin embargo, al entrar a la escuela de Bellas Artes, a los 18 años descubrí al instante —no creas que con el tiempo— que éste era mi mundo. Fui el mejor estudiante de las dos escuelas por donde pasé y supe que esto sería mi vida, quedé deslumbrado. Muy tempranamente empecé a exponer y a ganar premios; se conjuntó todo naturalmente. Y aquí estoy.

Tirar amarras
En1980 fue mi primer viaje a México, que para mí era algo utópico. Yo quería ver en vivo lo que había visto tantas veces en los libros, había escuchado tantas historias. Me atraía no sólo por la estética, sino porque para mí era un mundo de aventura. Muy lúdico, lo sé, pero caló muy profundo en mí. Recuerdo haber tenido sensaciones como de shocks eléctricos tocando estelas mayas o de ingravidez cuando llegaba a Chichen Itzá o Teotihuacan. No era lo que yo esperaba, sino muchísimo más. Cuando volví, estuve bloqueado por meses, buscando qué proceso podría seguir para no ser un repetidor. Creo que México es básicamente escultor. Los estudiantes con los que me he topado acá, manejan la forma intuitivamente. Hacen cosas que a otra gente, en otros lugares, le costaría muchísimo. Creo que hay un gen que los conecta con el volumen; no sé cómo, pero funciona. Logran lo más complicado, que es hacer la traducción de un pensamiento a un volumen.

La búsqueda
Una de mis búsquedas centrales son Las Comadres, que surgen de una casualidad que es una causalidad. Yo había hecho pequeñas maquetas totémicas, antropomórficamente femeninas y un día se me ocurrió hacer un círculo ritual, como tótems que estaban resguardando un sitio mágico. Así empecé a desarrollar ese tema que llegó a tener seis metros de altura y distintos materiales. Construyo barcos, porque me encantan las historias, disfruto de los libros de aventuras, Emilio Salgari es un ejemplo. El barco parte de un puerto, atraviesa aguas y llega a otro. Lo podríamos comparar con nacer y morir. Los rayos y los tótems están también en mi obra. Pero no puedo mantenerme mucho tiempo en una misma cuestión estética, porque es como si me ataran de pies y manos. Así que yo sigo aventurándome.



Nota publicada en la edición 789


En su propia voz

Hernán Dompé
Escultor




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