Foto: Jorge Alberto Mendoza

Papirolas

El arte como experiencia


El festival recreativo más importante a nivel nacional abrió sus puertas, en los días recientes, a chicos, jóvenes y adultos con corazón de niño

Por Rebeca Ferreiro
26 Mayo 2014

Entre circo, maroma y teatro... títeres, murales y música, Papirolas recibió alrededor de 120 mil visitantes que deambularon por los pasillos entre variadas exposiciones, jugaron en los talleres al tiempo que descubrían interesantes datos históricos sobre autores y obras, y trabajaron en sus propias creaciones en los pabellones temáticos que albergó la Expo Guadalajara del 21 al 25 de mayo.

“Es un festival de alto impacto, el más antiguo fuera de la capital y con una trayectoria ininterrumpida —comenta Marcela García Bátiz, directora de Papirolas— con características que lo hacen único en México, porque tiene toda clase de actividades artísticas mezcladas con otros temas que contribuyen a la formación integral de niños y jóvenes, como son sus derechos, la participación ciudadana, la nutrición, el deporte y su relación con el arte y la cultura”.

Este año, además de las actividades divididas por rango de edad —que han caracterizado la logística del evento en otras ediciones, con talleres y exposiciones—, el tema que los propios asistentes han elegido como motivación central para el festival, el Arte, estimuló la creación de pabellones experimentales. Las charlas abarcaron desde cine, animación, multimedia, la cultura de los Tastoanes, la relación de la literatura con conceptos pictóricos como el color y la forma, hasta nuevas manifestaciones deportivas como el Free Style Soccer.

Los espectáculos participaron también de esta ola de innovación y además de los conciertos de rock, blues y música clásica a cargo de la Orquesta Sinfónica de la Universidad de Guadalajara (con 60 integrantes niños y jóvenes), la proyección de música en plataforma multimedia y de danza contemporánea en el Foro Lennon y el Teatro Chaplin tuvieron una presencia constante. Y no faltaron los clásicos, como los cuentacuentos y los títeres, las exposiciones muralísticas o de piezas de cerámica, la fotografía y la escultura por los callejones del festival.

En la búsqueda por actualizar en los más pequeños el placer por las más antiguas manifestaciones artísticas, exponer no es suficiente sino que es importante valorar creando, para lo que la interacción entre la obra y su espectador era indispensable. En este afán, los talleres relacionados con cada exposición invitaban a escribir, actuar, manejar, pintar, esculpir y fotografiar de la mano de un guía facilitador.

En términos académicos, la injerencia de la Universidad de Guadalajara en la organización del evento, ha dado lugar a la gestión de contenidos sólidos supervisados por expertos de diferentes áreas, sin que ello interfiera en su carácter lúdico, con lo que “contribuye a la formación de públicos para las artes, así como a tener una oferta cultural y educativa no sólo innovadora sino muy divertida en la ciudad”, explica García Bátiz.

En meses próximos Papirolas contagiará de juegos, talleres, exposiciones y espectáculos a algunos centros regionales, como el Centro Universitario del Norte (CUNorte), el Centro Universitario de la Costa Sur (CUCSur) y el Centro Universitario de los Valles (CUValles), que ofrecerán un programa de actividades que conformarán una extensión del festival a otras regiones de Jalisco.

De la contemplación a la creación
Con la disposición del que pretende abarcar el mundo en un parpadeo, puse pie en el primer pasillo de la feria de las maravillas. Tuve que detenerme apenas entré, para dar paso a una enorme botarga que con cabeza estratosférica, labios pintados de rojo y un pelirrojo cabello cayéndole sobre la cara se giraba para darme, con un ademán, las gracias. Justo atrás de ella caminaban cuatro niños, gustosos, sobrecogidos por la enormidad de esta compañera silenciosa. Siguieron desfilando frente a los pasillos llenos de pinturas, hilos y papeles, adultos con máscaras de Tastoanes, niños con uniforme y profesoras diligentes que repetían, primero con éxito, después con total desesperación, la tradicional encomienda verbal: “Fórmense, no se separen”.

Me aposté frente a una columna que interrogaba “¿Sabías que el arte efímero se distingue por tener un periodo de vida muy corto?”, al tiempo que invitaba al taller de escultura hecha con materiales orgánicos. Dos pasos después, una pregunta similar se interpuso entre el taller de títeres y yo, esta vez sobre el origen de la papiroflexia y las figuras a las que daba vida. La respuesta era, en realidad, una invitación: “Las llamamos papirolas. He aquí la inspiración para darle nombre a éste, tu festival”. Muy pronto caí en cuenta que la afición por la lectura de carteles era un gusto que compartía con los padres que esperaban a sus hijos afuera de la Kidance Disco, mientras los más pequeños brincaban y cantaban.

Las rarezas de aquel circo itinerante, los malabares, las acrobacias y un flashmob al final del pasillo, la pluralidad de expresiones corporales me mostraron la efectividad de hacer del arte y la cultura una experiencia activa. En la era de las comunicaciones, los horizontes que aprendimos cuando nos tocó ser pequeños, encuentran ahora los mismos canales pero exacerbados, enriquecidos con tecnologías que virtualizan los sueños y pantallas que proyectan una imagen tridimensional de las letras que conocimos en espacios planos y duocromáticos, ahora concebidas en multimedia.

Los pequeños de hoy anhelan el movimiento con esmero y en la búsqueda de saciar la curiosidad cualquier intento de respuesta es un gran reto. No obstante, el Gabinete de las Maravillas, haciendo uso del más añejo aunque deleitoso camino, insta con la palabra el revuelo de la mente. Un espacio para las preguntas donde la “curiosidad no es una enfermedad” y las respuestas se construyen colaborativamente mientras adultos y niños encuentran que, al momento de cuestionar, no son en realidad tan diferentes.

Nada está terminado, las exposiciones pueden modificarse y los objetos tocarse, nada concluye como empieza y mientras algunos gritan y se carcajean mientras bailan o participan de una puesta en escena, otros observan con atención el cassette de Chayane —el recuerdo de algunos padres, la sorpresa de algunos hijos— que forma parte de la obra Textiles Sonoros, expuesta en un pasillo al azar donde cualquier cosa puede ser algo y el arte habitar en él. Entre parpadeo y parpadeo se me ha escapado un pedazo del mundo inabarcable, quizás lo encuentre en el Taller de Mandalas o ahí, entre los estantes de Retratos Frutales y El Reino de Figurando.



Es un festival de alto impacto, el más antiguo fuera de la capital y con una trayectoria ininterrumpida con características que lo hacen único en México
 
Contribuye a la formación de públicos para las artes, así como a tener una oferta cultural y educativa no sólo innovadora sino muy divertida en la ciudad
Nota publicada en la edición 790


En su propia voz

Marcela García Bátiz
Directora del Festival Papirolas




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