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Letras

El tambor que no hace la guerra


En línea directa de la tradición de la novela didáctica alemana, El tambor de hojalata de Günter Grass narra, en boca de un enano (un niño-grande), la historia alemana contemporánea: la de las guerras mundiales

Por Juan Fernando Covarrubias
8 Mayo 2017

“Se dijeron mentiras sangrientas”, le dijo Günter Grass a The Paris Review en 1991, a propósito de lo sucedido con Alemania en la primera y segunda guerras mundiales. Un país que en el periodo de entreguerras, y durante la posguerra a fines de la década de los cuarenta, los cincuenta y en adelante, tuvo que reconstruirse pedazo a pedazo. El pasado y presente alemanes se prestaban entonces para la libre interpretación, y en ese contexto adquiere protagonismo la frase del novelista alemán, dicha a la publicación de origen estadounidense. Más aún: Heinrich Böll, su maestro, había puesto el tema en foco al escribir y publicar Opiniones de un payaso; y Grass, a su manera, en río revuelto sigue su estela. 

Grass nació en el barrio obrero de la ciudad de Danzig —hoy Gdansk—, donde su padre era dueño de una tienda de ultramarinos. Por línea materna su ascendencia es polaca. La escritura vendría después, porque desde muy niño destaca por sus dibujos y sus pinturas. Es sabido que varios de sus libros contienen ilustraciones suyas. Michel Tournier, en El vuelo del vampiro, refiere que tras una breve incursión en las fuerzas militares de su país, es herido en la propia Alemania, “el día del cumpleaños de Hitler… donde los americanos lo hacen prisionero. En 1946 queda libre y trabaja como obrero en una mina de potasa; después, en una fábrica de Düsseldorf”.

Apegado a sus condiciones es un obrero, “físicamente es un carbonero”. Años después, será otro obrero distinto. Durante esa estancia en Düsseldorf, “por la noche, en una taberna, interpreta poemas y versos suyos; o ejecuta la batería de la orquesta”. Hay en esos primeros escritos influencias bastante marcadas: de Rilke y de García Lorca, a decir de Tournier. Tras una breve estadía en Berlín, ciudad en la que es alumno en 1953 del escultor Karl Hartung, “desaparece. Se marcha a París donde vive con su mujer y sus dos hijos gemelos y trabaja en la novela que lo hará célebre”: El tambor de hojalata. Esa bildungsroman de la posguerra.

Esta novela lo precipita al escándalo. Grass es tentado por un premio literario que lo ponga en el escenario de su país y de Europa. El certamen tiene lugar en la ciudad de Bremen, y el jurado está compuesto por críticos y hombres de letras. Es distinguido con el premio por El tambor de hojalata. Sin embargo, abunda Tournier en su ensayo, “en 1959, el senado se ve en la necesidad de invalidar la decisión del jurado porque esta vez ha sido premiada una novela plagada de blasfemias y obscenidades, que incrimina a la religión, a la patria y al amor conyugal”.

En la novela están latentes el pasado y el presente alemanes. Las condiciones y circunstancias de un país cuyas piezas han quedado desperdigadas. Más aún, algunas se han vuelto inencontrables. En una relectura de la novela el foco se encuentra en Oskar Matzerath, el protagonista: el niño que se niega a crecer, el enano, el gnomo, el “monstruo” del que se vale Grass para hablar del nazismo, la guerra y la decadencia del Tercer Reich. Él contiene y detona la trama, la desarrola y la lleva a su punto cumbre: el principio de la restauración, no obstante la división que perduraría por décadas en territorio alemán.

Tournier tira la línea: El tambor de hojalata se inscribe en la gran tradición de la novela didáctica alemana (la bildungsroman), que tiene su punto de partida en la idea de contar la guerra por boca de un niño, un inocente —ahí está la novela más famosa del género, Simplicius simplicissimus, de Grimmelshausen, escrita en 1669, una crónica picaresca de la Guerra de Treinta Años—. En El tambor el narrador no es propiamente un niño, sino como ya quedó dicho, un enano, o un niño-adulto que se niega a crecer, un enano que pertenece más a un grupo de esperpentos (el monstruo) que a aquellos que se guían por la normalidad.

No ser adulto, o negarse al crecimiento, lo hace tener una estatura que “lo libra de los riesgos de la guerra y de la maldad de los hombres, confiriéndole además la inmunidad de los inocentes y la impunidad de los bufones”. Y además le da la carta abierta para que, ante cualquier disyuntiva o problema, acuda a su tambor: que toca con vigor, con furia, con una asonancia que contrasta con los tambores de guerra alemanes.



Nota publicada en la edición 923


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