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Personaje

Ehrenberg arte acá


La súbita muerte del artista plástico mexicano deja una estela de su arte y pensamiento invaluable y un legado para las nuevas generaciones de artistas

Por Verónica López García
22 Mayo 2017

“Gente que cae” es el nombre de una serie de piezas gráficas creadas por el artista mexicano Felipe Ehrenberg a finales del siglo XX. En ella se aprecian cuerpos desmayados que descienden con una innegable sensación cinética. Acaso premonitoria, esta serie con la que de muchas maneras Erhenberg creó una trágica metáfora de México, luego de algunas décadas de distancia podemos decir que mantiene su vigencia semántica. El lunes pasado Erhenberg falleció por un ataque cardiaco. Hoy recuperamos algo del enorme legado artístico que deja a un país que sigue precipitándose al vacío. 

El final de la década de 1960 en México fue sumamente difícil para miles de jóvenes que demandaban cambios políticos y libertad de expresión. Todo el país se convirtió en un espacio inseguro para quienes pensaban distinto a un Estado cuyo gobierno perseguidor, encabezado por Gustavo Díaz Ordaz, censuraba y maquillaba la imagen de nuestro país ante el mundo. Si bien el campo mexicano había expulsado a miles de trabajadores agrícolas al vecino país del Norte, ahora no sólo la precariedad obligaba a cruzar fronteras, sino también la persecución y la censura. Felipe Ehrenberg era uno de esos jóvenes que luego de la masacre de Tlatelolco en 1968, entendió que su voz y su quehacer como artista debían continuar en otro sitio. Instalado en Gran Bretaña funda la editorial Beau Geste Press, proyecto de experimentación que arranca con la también artista Marthe Ellion, quien en aquel entonces también era su esposa. Con un mimeógrafo comprado en una tienda de antigüedades, el trabajo que entonces iniciaran juntos terminará por desarrollar todo un movimiento de gráfica claramente conectado con ideas políticas combativas a través de técnicas de gráfica mixtas.

Para Ehrenberg el hallazgo de este mimeógrafo en una tienda perdida de la Campiña Británica le resultó tan oportuno como significativo. Este viejo aparato, tantas veces prohibido por gobiernos mexicanos, por ser utilizado por la oposición para publicar panfletos y volantes que convocaban a mítines, ahora se resignificaba con un pensamiento inclusivo en donde lo político se conectaba de forma muy compleja con las artes plásticas y el llamado Arte Acción. Dentro de esa especie de laboratorio de creación que lo mismo los llevaba a las calles para dibujar sobre el pavimento que a realizar múltiples impresiones en su taller, también se dio lugar a ejercicios estéticos editoriales que derivaron en libros de artista, cuando el concepto aún se fraguaba.

En el México de hoy el arte contemporáneo así como el conceptual siguen produciendo conductas reactivas, muchas de ellas inscritas en prejuicios producto de la desinformación y la ignorancia. Muchas de esas voces críticas son tan improvisadas que ni siquiera contemplan el trabajo de Ehrenberg y su propositiva generación.

Performer expatriado, viajero de aguda mirada, Felipe siempre reconoció el papel de México y su producción artística en América Latina, un continente que de acuerdo a su pensamiento no terminaba en el Río Bravo, sino más allá de Québec, una América mucho más compleja y culturalmente diversa de lo que ha considerado incluso la academia. Su obra fue tocada por múltiples corrientes y disciplinas. Hay en sus trabajos físico-performáticos, plásticos, audiovisuales así como en sus experimentaciones poéticas, infinidad de intenciones cuya trayectoria desmonta la sacralidad de museos y galerías y su sistema clientelar, así como la tan anquilosada definición de obra de arte, que supo separar del objeto de arte. El reconocimiento a su trabajo es internacional y nos obliga a estudiarlo, a pensarlo y también a divertirnos.



Nota publicada en la edición 925


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