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Ensayo

El tema serio de la guerra


Matadero cinco es la obra más célebre del escritor estadounidense Kurt Voneggut, quien hace veinte años dejó este mundo, pero nos heredó una devastadora visión sobre los estragos de la Segunda Guerra mundial

Por Juan Fernando Covarrubias
5 Junio 2017

Este es el escenario: lo que conocemos desaparece de una noche a la mañana siguiente. El territorio tantas veces recorrido ahora no es más que un páramo. Una superficie arenosa, ocre, refulgente y en exceso caliente. Los primeros pasos sobre tal geografía no atinan a seguir una dirección específica porque el cerebro está aturdido. Los ojos, por más que se abren, no encuentran dónde quedar fijos, porque el deslumbramiento y el descubrimiento de lo inesperado se multiplican por un lado y por otro, como biznagas que brotan sobre un fondo solariego. El mismo panorama se repite por los cuatro lados en que se divide el mundo: ni límites ni un asidero.

Tal catástrofe le sucedió a la ciudad alemana de Dresde en los últimos días de la Segunda Guerra mundial. Aquello “parecía la Luna”, dijo Billy Pilgrim. Dresde, hasta entonces, había sido un sitio intocable, a diferencia de otras ciudades que habían sido destruidas sistemáticamente. Un sobreviviente del bombardeo de los aliados en ese enclave de Dresde fue el escritor estadounidense Kurt Voneggut, soldado de las fuerzas americanas que había caído prisionero. Y esto lo cuenta en su celebrada novela Matadero cinco, que escribiría después de convertirse en un autor respetado tras la publicación de Cuna de gato y Dios le bendiga, Mr. Rosewater, entre otras.

Veinte años han pasado de la desaparición de Vonnegut, un gran pilar de la literatura estadounidense de la segunda mitad del siglo pasado: con Matadero cinco alcanzaría una cúspide de reconocimiento por su escritura innovadora, que privilegia la comicidad. Aunque encasillado, por esta novela, en el género de la ciencia ficción, Vonnegut fue un autor que experimentó diversos caminos y que, fiel a esa vieja condición de que el escritor tiene que ser un hombre comprometido con su tiempo y con su sociedad, tuvo algunos encontronazos con las administraciones Bush, en particular por aquel avorazamiento sobre Iraq en busca de las nunca encontradas armas de destrucción masiva.

La literatura que trata lo referente a esa Segunda Guerra es abundante. Sin embargo, el acento en la novela de Vonnegut viene dado por su experiencia en el conflicto: estuvo recluido, junto con más prisioneros, en un lugar llamado Schlachthof fünf (Matadero cinco) en Dresde, a donde llegó un mes antes del bombardeo. El personaje —o alter ego— de la novela es Billy Pilgrim, un hombre que, dejada atrás la guerra y viviendo ya en Estados Unidos, casado y dueño de una empresa boyante de ópticos, comienza a ver deteriorada su vida por el asalto a la razón de esos recuerdos de la guerra. Y de la vida.

Su deterioro es, sobre todo, mental. Pilgrim acusa sobre todo una pérdida del sentido del tiempo. Todo esto altera sobremanera la forma en que lleva su existencia y sus relaciones. La vida es una colección de momentos y no necesariamente el engarce de unos con otros. Esta perspectiva le es suministrada por los tralfamadorianos, a cuyo planeta fue llevado en un platillo volador en una ocasión y cuya experiencia ahora se encarga de contar por todas partes, en conferencias y estaciones de radio. Lo tildan de loco. Por esta facilidad de saltar en el tiempo —vía la memoria—, Pilgrim se ubica en Dresde en la guerra, en el planeta Tralfamadore, antes o después de vivir con su mujer y antes o después de la guerra. Estos saltos temporales articulan la novela.

Lo que flota en Matadero cinco son un sarcasmo y una comicidad que le juegan el dedo en la boca a ese tema serio de la guerra: Pilgrim, por su apariencia estrafalaria en tiempos de guerra y por su actuar tan alejado de lo que prescribe un manual de buenas costumbres, posee los mejores atributos de un Pierrot que con sus desmanes y ocurrencias divierte a su audiencia. El desvarío de Pilgrim, avanzada su edad, hace que su cabeza se semeje a un extenso desierto. Tras el bombardeo, dijo de Dresde: “Aparentemente todos, absolutamente todos los habitantes de la ciudad habían muerto, y cualquier objeto que se moviera no representaba otra cosa que un defecto en el paisaje. En la Luna no había hombres”.



Nota publicada en la edición 927


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