Ensayo
Todas las muertes posibles

A Horacio Quiroga le persiguió la mala sombra de la muerte desde su infancia, ese malestar metafísico repercutió en su propia obra y se puede observar en su libro más célebre: Cuentos de amor, de locura y de muerte, que cumple cien años de haber visto la luz

Foto: Archivo
Por Juan Fernando Covarrubias
19 Junio 2017

Cuentos de amor, de locura y de muerte, este libro denso y brillante de Horacio Quiroga (1878-1837), es un muestrario. Como en éste, cuyo fin es conocer un conjunto variado de un mismo producto, el volumen es un álbum de fotografías que generan en el lector una diversidad de estados de ánimo, emociones encontradas y placeres oscuros. El libro, que recién cumple cien años de haber sido publicado en Buenos Aires, recorre una variedad de registros narrativos que hace pensar que Quiroga tenía plena conciencia (sabiduría, tal vez) de lo que estaba haciendo. O escribiendo. Y el paso del tiempo lo confirmaría.

Se trata de dieciocho relatos que apelan a la sencillez en la trama, que en su mayoría incluso se adhieren a lo insulso de la vida —un estado propenso a la tragedia o el desenlace menos esperado. Contiene pocas meditaciones. Quiroga no se detiene a pensar demasiado, más bien se ciñe a describir situaciones; hay escasas metáforas porque se apega al rasgo realista, que utiliza para narrar actos cotidianos que tienen un dejo extraordinario pero que, al mismo tiempo, en el fondo, no son más que producto de un desarrollo que por ordinario deja hondas huellas.

El cuento que abre el volumen (“Una estación de amor”), prefigura un abanico de situaciones románticas-trágicas que adelante queda abolido. Porque pronto el tono realista abunda en el libro. Más allá de este inicio, hay una prevalencia del habla coloquial. Sus narraciones están plagadas de regionalismos, de un lenguaje que va a la entraña del hombre de pueblo, del común que habita sobre todo el norte de Argentina, en particular la provincia de Misiones y más arriba, en la triple frontera: donde se encuentran Argentina, Paraguay y Brasil, con ese par de grandes afluentes que son los ríos Iguazú y el Paraná. 

La vida de campo —que Quiroga llega a experimentar tras retirarse a vivir a San Ignacio, provincia de Misiones, tras la muerte de su esposa—, queda de manifiesto en “Yaguaí”, “Los pescadores de vigas”, “El perro rabioso”, “Insolación”, “Los Mensú”, “A la deriva”, cuyos finales, a más de trágicos, develan impotencia, resignación. Lo urbano y sus matices —se presume que el escenario es Buenos Aires— aparece en “Los buques suicidantes”, “Nuestro primer cigarro”. “El solitario”, “La muerte de Isolda”, “El almohadón de plumas” y “La gallina degollada”; estos últimos, por su tema y abordaje, merecerían un tratamiento aparte.

Sin embargo, el espectro en el que se reflejan los cuentos, aun cuando privilegien un asunto común, de trabajo, placer, tierras o amores, está dado por la muerte: pero la muerte como personaje, como un agente que tiene potestades y a quien no se le conocen fisuras ni dobleces. No es descabellado aventurar que Quiroga tenía un asunto con la muerte, tal vez una obsesión, quizás un querer ponerse a mano, y no era para menos porque ésta entró pronto en su vida y la tiñó (de ese rojo casi negro de la sangre) de un extremo a otro.

Ninguneado por Borges, Quiroga llevó esa marca mortal en la frente desde su primer día de vida. Hace ochenta años, nacido en la localidad de Salto, Uruguay, Quiroga tomó cianuro para quitarse la vida. Pero esto no fue un hecho desvinculado de las páginas de su propia historia, sino, quizás, su oscura coronación: tenía dos meses cuando su padre resultó muerto accidentalmente durante una cacería. Era un adolescente cuando su padrastro se suicidó, a quien había llegado a querer como a un padre. El mismo año en que sus hermanos mueren de tifoidea, al limpiar un arma se le dispara de forma accidental y acaba matando a su mejor amigo. Años después, con veneno, su esposa se suicida. Más adelante, sus entrañables amigos Alfonsina Storni y Leopoldo Lugones tuvieron el mismo fin. Y tras suicidarse el mismo Quiroga, pasados algunos años, sus dos hijos —Eglé y Darío— también se quitaron la vida. 

Todas las muertes posibles. No quiero anteponer la vida del autor a chaleco en su literatura —porque acabaría por demeritarla—, no obstante, lo que rodeó la existencia de Quiroga pone un velo por lo menos en sus motivaciones y quehacer como escritor. Parafraseando a Ricardo Piglia, podemos decir que la pretensión del escritor de sobrepasar su propia literatura pasa por alcanzar en la muerte otro modo de escritura. Quiroga, sin duda, lo buscó.



Nota publicada en la edición 929


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