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Opinión

Un renacimiento al final del camino


Por Juan Antonio Castañeda Arellano
24 Julio 2017

Saber liberarse no es nada, lo arduo es saber ser libre.

André Gide

La frase del escritor André Gide por sí sola nos abre un vasto campo de reflexión. La vida es un camino gris. Nunca es absolutamente malo, nunca nada es absolutamente bueno. Por ello buscamos una aspirina literaria o filosófica que nos consuele de ser mortales, que nos desate lo imaginario, y la cólera también. Borges decía que lo que tenemos puede no hacernos felices, pero que lo que falta nos hace desgraciados… Y yo aseguro que siempre nos hace falta.

Toda orilla se demora. Todo horizonte se detiene, la esperanza se hace lentísima. Como lo decía Heráclito: “Lo imposible puede ser posible y lo posible puede ser imposible”. Para algunos “el amor eterno dura como dos años, y a partir de ahí hay que empezar a acostumbrarse a la convivencia, que tiene poco que ver con la pasión y mucho con la sociedad de intereses compartidos”. Al fin que, el éxito es la capacidad de ir de error en error sin perder el entusiasmo.

Una de las características fundamentales del siglo  XXI que ya tiene 17 años de haber dado inicio, es que se ha venido conformando y transformando la totalidad del planeta, de un mundo finito de certidumbres en un mundo infinito de incertidumbres, cuestionamiento y duda.

Nuestro camino es largo. Todavía no hemos aprendido a respetarnos plenamente, ni a compartir ni a colaborar. Se necesita imaginación, capacidad de innovación, visión y creatividad. Unas cualidades que requieren tolerancia, apertura, que estemos  dispuestos a plantear preguntas audaces en lugar de remitirnos a las respuestas convencionales. Esto supone abrir la mente y el corazón, y tener la voluntad de buscar definiciones nuevas, de reconciliar antiguos antagonismos y de ayudar a trazar nuevos mapas mentales.

Es la sinceridad de nuestra introspección lo que nos llevará a comprender la experiencia del otro, y será esa comprensión y compasión la que nos encaminará hacia un futuro en el que la búsqueda de la libertad individual se equilibrará con la necesidad; del bienestar común, y en el que la empatía y el respeto de todas las diferencias humanas formarán parte de nuestro proyecto.

Varios autores han señalado que cuando uno ve buen arte, la imaginación se pone a trabajar. Sin ideas precisas hay que esperar que el cuadro te hable. El arte se alimenta del arte. Algunos cuadros son abruptos, casi violentos, difíciles. Pero tienen todos los ingredientes. La vida desprendida del arte, y el arte, como una enigmática flor, brotando de la vida…. La mirada nunca es neutra.

Si algo tenemos claro, es que las culturas no pueden sobrevivir si se destruye o empobrece el entorno del que dependen. Los hábitos culturales agravados que conducen al egoísmo, los prejuicios y el odio irracional, son obstáculos y barreras en el camino. Sin embargo, al final de éste, y en la medida en que equilibramos la información y el conocimiento con la sabiduría, los derechos con los deberes y lo fines con los medios, nos espera nada menos que un nuevo renacimiento, una visión nueva y creativa de un espacio mejor.

El objetivo debe ser un espacio donde la libertad no sea libertinaje, la autoridad no sea autoritarismo y las obligaciones sean algo más que dolorosas restricciones. En nuestra Universidad queremos y luchamos por la autonomía y la libertad que nos permita convivir en la diferencia y el desacuerdo.



Nota publicada en la edición 934