Foto: Cortesía Alfonso Collignon

Fotografía

Dos Perspectivas sobre el gran teatro del mundo


La exposición Con los pies en la tierra, es una insólita muestra sobre el trabajo que hicieron en sus andanzas callejeras los fotógrafos José Hernández-Claire y Philip Perkis

Por Alejandra Carrillo
21 Agosto 2017

Lo extraño, lo inusitado, lo trágico, lo hermoso y lo grotesco de un lugar puede encontrarse en un solo espacio. En este caso, la Sala Giroleta del Palacio de Gobierno de Jalisco, en donde están expuestas, a manera de recorrido, las fotografías más recientes del fotoperiodista José Hernández-Claire (en la primera mitad), y las del fotógrafo norteamericano Philip Perkis en uno de sus viajes a México (en la segunda). Ambas miradas, sobre un mismo país visto desde diversas perspectivas, conforman la exposición Con los pies en la tierra.

Sobre las piezas que reúne este recorrido, a primera vista insólito —esculturas envueltas en mantas blancas, una rata que cabalga a una perra en los mercados, cabras en su último suspiro antes del sacrificio, hombres árbol y mercados atendidos por fantasmas— Hernández Claire cuenta que es una muestra de una corriente fotográfica que le influenció y que ha seguido desde su primer encuentro con Perkis, su maestro y ahora colega.

“El trabajo de calle”, dice, “es el gran teatro del mundo, ahí se encuentra uno agradables sorpresas y lo único que pretendo es capturar ese instante furtivo que se da, ese encuentro con mis sujetos, pretendo ser fiel al estímulo visual que yo tengo en una respuesta intuitiva, instintiva, de olfato”.

Hernández-Claire es uno de los más importantes fotógrafos del país y el más reconocido de Jalisco. Sus fotografías han sido expuestas en varias salas de toda la república, pero en esta exposición, sus fotografías dialogan con las de Perkis en un discurso estético similar: sin manipulación digital, en blanco y negro, mostrando la tragedia, el humor, momentos que se presentan de manera espontánea y que “como fotógrafo uno tiene que estar atento a eso, observando, acechando ese instante”.

El primer encuentro entre los dos fotógrafos se dio en enero de 1978, cuando el entonces estudiante de arquitectura Hernández-Claire compró su primera cámara. No sabía usarla. Estaba en Nueva York para hacer una maestría y quería retratar obras arquitectónicas que le interesaban, pero en el Instituto Pratt, en Brooklyn, todo dio un giro. Perkis fue su instructor en un taller de fotografía al que acudió para conocer más sobre su primera máquina fotográfica.

Perkis era ya entonces un artista neoyorquino reconocido, con numerosas colecciones y exposiciones en museos como el de Arte Moderno de Nueva York, el Metropolitano y el de arte de Chicago. Los fotógrafos en esa ciudad estaban en la cumbre del movimiento de fotografía directa, de calle, y él, discípulo de Dorothea Lange en el Museo de Arte de San Francisco y de Minor White, inspiró a su vez a Hernández-Claire.

“Ahí cambió mi vida, y decidí ser fotógrafo cuando vi aparecer la primera imagen en el papel, fue mágico, me sigue fascinando”, cuenta.

Nueva York se prestaba para ello, la mezcla de culturas y razas, el glamour, el vigor de la industria: todo estaba en las banquetas. Los encuentros con el gran maestro mexicano Manuel Álvarez Bravo, con Andre Carter, el fotógrafo húngaro de las calles francesas y Henri Cartier Bresson, a quien Claire, de hecho, retrató en su departamento en Manhattan, fueron cruciales.

“Descubrí pronto que eso era lo que me gustaba, que no me interesaba hacer fotografías estáticas de ningún tipo”, dijo, “Nueva York es una escuela en sí misma, fue natural esa atracción de la energía de la ciudad, de su gente, para mí fue fascinante, mi trabajo de calle comenzó ahí”.

Después de cinco años en la ciudad estadounidense, hizo varios viajes a México con Perkis, a trabajar en la calle. “Allá fue un espejo importante de lo que significaba mi propio país, como no lo veía y como ahora pienso que lo estoy retratando, la riqueza del país yo no la veía con mi cámara. A mi regreso me enfoque en los ensayos documentales”, cuenta Hernández-Claire.

Una de las primeras fotografías en la sala Giroleta es del americano, un retrato de Las Juntas, en los años ochenta, aproximadamente, en la que, entre tierra suelta y niños sucios, dos elegantes mujeres en zapatos altos cruzan las vías del tren.

A pesar de ese recuento del pasado, en las fotos de Perkis, sobre todo, a Hernández-Claire lo que le interesa es el presente, o más bien el futuro: toma fotografías todos los días, y la calle, dice, es sensacional y sigue siéndolo.

“La mejor foto es la que sigue, no puede quedarse uno en el pasado, siempre hay que estar viendo, lo más emocionante es la siguiente foto, una cita a ciegas y sale en la calle”, dice al respecto. “La emoción que produce ver algo y algo que ves todos los días pero que nunca habías visto así”.

Jamás alterar una imagen, no cortar,  y si no funciona, adiós y punto, es la disciplina que se impone en su imagen: “Porque la fotografía tiene que ser lo que tú ves, he trabajado siempre así, jamás uso un disparo continuo, es impensable usar ráfaga, es como no ver, mejor haz un video, es por eso que yo pretendo cazar la esencia del momento tal y como lo viví en ese instante”.

Su padre, amante de la caza deportiva, le decía que en el instante mismo de apretar el gatillo sabía si le había dado o no a su presa.

“Todos los que hemos trabajado en cámara análoga sabemos realmente que la capturamos o que no, es una sensación única que se siente al apretar el obturador”.



Nota publicada en la edición 936


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