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Ensayo

La vida no es una novela, ¿o sí?


En su nuevo libro, el francés Laurent Binet reflexiona sobre las posibilidades del lenguaje y su séptima función: la que, de conocerla, permitiría dominar el mundo

Por Jorge Martín Gómez Bocanegra*
4 Septiembre 2017

“La vida no es una novela”: contundente idea con la que inicia La séptima función del lenguaje, libro del autor francés Laurent Binet. Inmediatamente después, aparece el matiz con que el narrador perfila una disyuntiva en torno a dicha idea: “Al menos eso es lo que a ustedes les gustaría creer”. De acuerdo con esto último, podría decirse que es conveniente tomar una posición. Así, para algunos lectores, que la vida no es una novela podría ser una idea completamente aceptable, creíble; para otros, por el contrario, y coincidiendo muy probablemente con la postura del narrador, bien podría serlo.

Dos pluriversos: la vida y la novela. Dos complejas realidades: la vida y sus múltiples —infinitas, quizás— versiones sobre lo que es y significa ella misma. La novela: un mundo, una prosa, un estilo, pero también: diversos mundos, diversas prosas, diversos estilos. Novelas: muchas y diversas historias de vida y de muerte.

La séptima función del lenguaje es el relato de una historia creíble hecha con personajes conceptuales: Michel Foucault, Gilles Deleuze, Umberto Eco, Philip Soler, Julia Kristeva, Jacques Derrida, J. L. Austin, J. Searle…, y el central, fundamental para la historia novelada: Roland Barthes. Es la vida de los últimos días, de las últimas horas de Barthes, quien realmente murió a causa de haber sido atropellado en 1980. Es también el personaje conceptual: “El mayor crítico literario del siglo XX; el escritor hipersensible; el hijo que no ha podido superar la muerte de la madre”. Es Roland Barthes un referente ineludible en el mundo de la cultura francesa. Es asimismo el profesor, el personaje que, antes de sufrir el mortal accidente, estaba ofreciendo su curso “La preparación de la novela” en el College de France. Un curso que ha resultado un fracaso: “Durante todo el año ha estado hablándoles a sus alumnos de haikus japoneses, de fotografía, de significantes y significados, de divertimentos pascalianos […] de todo menos de novela”.  Precisamente el atropellamiento que sufrió Barthes es lo que permite al narrador de La séptima función del lenguaje, convertir ese hecho en la anécdota seminal de una historia enmarcada en el mundo intelectual europeo, particularmente el francés, y de varias muertes novelescas.

La historia consiste en encontrar el documento en el que Roman Jakobson dejó constancia sobre lo que para él era y significaba la séptima función del lenguaje; documento cuyo original tenía Roland Barthes en su poder. Es por este documento que se especula que, más que un accidente, en realidad a Roland Barthes lo asesinaron. Es por esto que surge una investigación —no del crimen sino de encontrar ese documento—; una investigación que conducen el comisario Jacques Bayard y Simon Herzog, éste último profesor de Semiología de la imagen en la Universidad de Vincennes.

En el despacho presidencial, Jacques Bayard recibe, del Presidente Giscard, el mandato siguiente: “Comisario, el día de su accidente, el señor Barthes estaba en posesión de un documento que le ha sido robado. Deseo que encuentre ese documento. Se trata de un asunto de seguridad nacional”. ¿Qué tiene de valor ese documento, o sea, qué valor representa la séptima función del lenguaje? La respuesta la da Umberto Eco, a quien Bayard y Simon Herzog contactaron en uno de los bares cercanos a la Universidad de Bolonia. Al respecto, dice el autor de El nombre de la rosa: “Imaginemos por un instante que la función performativa [esa que el filósofo británico J. L. Austin concibió con base en estos términos: ‘cuando decir es hacer’] […] Imaginemos una función del lenguaje que permita, de manera mucho más extensiva, convencer a cualquier persona para que haga cualquier cosa en cualquier situación”.

[…] “Quien tuviera el conocimiento y el dominio de una función así sería realmente el dueño del mundo”.

Luego de saber esto, ya podemos considerar —y hasta tomar una posición al respecto— de lo que subyace, como poderoso juego de lo posible, en aquello que el narrador (que es Simon Herzog) inició con su relato: “La vida no es una novela. Al menos eso es lo que a ustedes les gustaría creer”.

Me parece que hay novelas cuyos mundos narrados-observados en ellas, hacen difícil mantener esa frontera que separa y que opone vida vs. novela. Este es el caso de la novela de Laurent Binet: La séptima función del lenguaje (Seix Barral, 2017).

* Narrador y profesor de tiempo completo, adscrito al Departamento de Estudios Literarios de la Universidad de Guadalajara.



Nota publicada en la edición 938


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