Foto: Abraham Aréchiga

MUSA

Crónicas de un instante


El Museo de las Artes de la Universidad de Guadalajara presenta, durante el segundo semestre del año, una muestra que reinterpreta el texto narrativo Farabeuf de Salvador Elizondo y que busca que el espectador recuerde aquellos momentos que todo ser humano ha vivido

Por Iván Serrano Jáuregui
4 Septiembre 2017

Sobre una ouija de tamaño humano, dividida en dos polos: el día y la noche, están instaladas cuarenta y dos obras de arte que se convierten en ventanas que remontan a recuerdos que todos en algún momento hemos vivido. La primera vez que sentiste ansiedad, el mayor gozo que has tenido, un diagnóstico de enfermedad, un bello recuerdo de la infancia, el primer trancazo que le propinaste a un amigo, la soledad, las pesadillas, sentirse encerrado, vacío, la melancolía por estar lejos del lugar de origen, el encuentro erótico, la escena que no quieres traer a la mente.

¿Recuerdas? Esa es la pregunta que se repite en cada uno de los muros que rodean esa gran ouija, que no es más que la Sala I del Museo de las Artes (Musa) de la Universidad de Guadalajara, espacio que alberga “Crónicas de un instante”, exposición que desde el primero de septiembre y hasta enero de 2018 se encontrará en este recinto.

La muestra, que reúne obras en collage, cortometraje, dibujo, escultura, estampa, fotografía, pintura y técnica mixta pertenecientes a la colección del MUSA, busca reinterpretar el trabajo que el escritor Salvador Elizondo plasmó en la novela Farabeuf o la crónica de un instante.

“Hay tantos elementos en la novela de Salvador Elizondo que se toman como punto de partida. Había que hacerle honor a la pieza literaria y hacer algo digerible para que el público tenga un diálogo con las piezas”, comparte la curadora de la muestra y coordinadora de Exposiciones y Educación del MUSA, Laura Ayala Castellanos.

Son veintiocho artistas plásticos quienes por medio de sus obras estimulan emociones que se manifiestan de forma intensa en quienes las presencian.

Viaje a tus recuerdos
Una atmósfera de incertidumbre llena el sitio con una música de susurros y monedas lanzadas al aire. Quien da la bienvenida a la sala son los “Centinelas” de Alejandro Colunga, dos esculturas de metal forjado que representan la tortura, creadas para una representación teatral y que ahora forman parte de la colección del museo. Estos colosos resguardan un espejo fragmentado en el que el espectador se ve a sí mismo dividido. La palabra “adiós”, al igual que en las tablas ouija, es la que recibe y da la bienvenida a quienes buscan encontrar respuestas.

El éxtasis y el suplicio se conjugan en una impactante fotografía de inicios del siglo pasado, en la que un hombre de origen chino está siendo desollado vivo. Su rostro recuerda a un mártir de la iconografía católica, así como el intervalo entre la vida y la muerte.

Esta obra, que forma parte del collage “Pieza número 3” del políptico de veintidós obras denominado “Rayuela. París se quedó sin Julio”, es una escena que aparece en Farabeuf o la crónica de un instante y que es un aspecto fundamental para la trama de la novela.

Así, con extraño gozo y dolor, comienza la exposición hacia el lado derecho de la sala (la noche). En este espacio la idea de la enfermedad es evocada por las obras hechas al carbón sobre papel de Martha Pacheco, que hizo cuando ingresó en un hospital psiquiátrico.

La sensación de estar atrapado en un lugar o una sentimiento de soledad se plasma en “Hombre en vigilia”, obra en aguatinta de Cornelio García.

“Con esto vemos la angustia o las fobias que una persona puede tener”, señala Ayala Castellanos.

La dualidad y los temores cotidianos, como los quehaceres del hogar y llevar un trabajo a la par, son representados también en la exposición. La artista Penélope Downes presenta en su pintura la ropa sucia, los víveres de la casa y el dolor. Ella creó esta obra al llegar a Guadalajara y enfrentarse a esa situación.

Por otra parte, tres obras pictóricas de José Fors llamadas “La daga” remiten a la agonía y el dolor, carcterizadas en el rostro de una persona.

“En el libro de Elizondo todo el tiempo se está preguntando ‘¿Recuerdas?’, y eso es lo que estamos tratando de hacer con el espectador, al colocar la frase en diversos muros de la sala”, externa la curadora.

Recuerdos más luminosos, amables o menos sórdidos son los que se buscan revivir en el lado de la sala que representa al día.

Una barranca con colores cálidos es representada por el pintor Tomás Coffeen en “El farallón del mexicano”, que en el caso de los tapatíos podría representar a la Barranca de Huentitán, un sitio que dota de identidad a quien habita esta ciudad.

Estar lejos de la tierra donde creciste es el anhelo que imprime el autor Roberto Márquez en una obra en la que se retrata a él mismo, en un plantío de magueyes lleno de nieve, levantando a su hijo recién nacido. El artista, quien habita en Nueva York, no olvida a México aunque se encuentre en un lugar donde nada se le parece.

Las agarradas a golpes al salir de la escuela o con los amigos del barrio ocurren durante la etapa infantil. Con rostros felices, dos niños que se retan, aparecen en el óleo sobre tela de Manuel Sandoval llamado “Primer Round”, que evoca la adrenalina y despierta las sonrisas del espectador.

“Es un recuerdo muy típico de nuestra sociedad, tal vez para una persona anglosajona esto no signifique mucho. Quién no se acuerda que cuando con sus primos o hermanos jugaba a hacer pirámides humanas”.

Otros artistas que reúne Crónicas de un instante son: Alberto Gironella, Alejandro Nava, Antonio Ramírez, Davis Birks, Ernesto Flores, Estela Hussong, Javier Campos Cabellos, Jorge Martínez, Judith Gutiérrez, León Chávez Teixeiro, Santino Escate, Ulises González, entre otros.

“Se eligieron piezas conocidas, así como otras que no habían aparecido en otras muestras, pero (se buscó) que éstas tuvieran un diálogo”, dice Castellanos.

A la muestra se agrega el cortometraje mudo de 1928 llamado La estrella de mar, realizado por Man Ray, cuya temática surrealista pretende rescatar un recuerdo, tal vez sórdido, en el que se involucra el mar. Esta obra está instalada en uno de los talleres anexos a la Sala I.

Extender la reinterpretación

Durante el tiempo de la exposición los visitantes tendrán la oportunidad de conocer la obra de Elizondo en un espacio de lectura —habilitado en el Taller II (también ubicado en la planta baja del Musa)— en el que están disponibles ejemplares de bolsillo de Farabeuf o la crónica de un instante, facilitados por el Fondo de Cultura Económica.

Ayala Castellanos explica que quien lea el primer capítulo de la obra podrá conocer el contexto narrativo del cual fue inspirada la muestra.

Además, del 8 al 10 de noviembre se impartirá el Taller de escritura de recuerdos, por Sayuri Sánchez Rodríguez, en el que se analizarán los procesos del recuerdo y el olvido a partir de la narrativa de la obra de Elizondo y el cortometraje que se exhibe.



Nota publicada en la edición 938