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Luces de Madrid


Al amparo del poema de León Felipe “Ganarás la luz”, Madrid desembarca en la ciudad para entregar toda su cultura y su historia en esta edición de la Feria del Libro de Guadalajara en la que la capital española es la invitada de honor.

Por La gaceta
27 Noviembre 2017

La ciudad nocturna

“¿Dónde está la movida?”, era la pregunta clave para ir a la búsqueda de las zonas de ocio en la vida nocturna en Madrid, Vigo, Barcelona, Bilbao y Sevilla. Es la década de los ochentas. “Un travestí perdido/ un guardia pendenciero/ pelos colorados, chinchetas en los cueros/ rockeros insurgentes/ modernos complacientes/ poetas y colgados, aires de libertad…”, podría ser un pincelazo de la Movida Madrileña.

Más la revuelta contracultural no fue sonorizada con “La Puerta de Alcalá”, sino con canciones de grupos como Kaka de luxe; Nacha Pop (“La chica de ayer”), Alaska y Dinarama (“A quién le importa”), Mecano (“Me colé en una fiesta”); la cámara Super8 de Pedro Almodóvar retrataba la libertad de expresión en filmes como Pepi, Luci, Boom y otras chicas del montón, o en su fotonovela “Patty Diphusa”. Es el tiempo de los punks, glams, despenalización de la homosexualidad, de la posmodernidad. El dictador Franco ha muerto y, con él, la opresión.

Una publicación que describe lo que fue la nueva España, la cultura del “rollo”, es De qué va el rollo, de Jesús Ordovás (Ediciones de la Piqueta, 1977): “La esencia del rollo está en crear miles de focos, en plantear una alternativa cotidiana permanente, en parir cada mañana o cada noche una revista, un cómic, un tebeo, un grito. En cada esquina de cada ciudad te encuentras a un tío o una tía montándose su propia revista, su propio cómic, su propia canción, ya sea en papel de WC, en plástico o en piedra. Cualquier material es bueno. Esto ya no hay quien lo paré…”

Madrid en una colmena

“Mi novela La colmena —escribe José Camilo Cela en una nota a la primera edición— no es otra cosa que un pálido reflejo, que una humilde sombra de la cotidiana, áspera, entrañable y dolorosa realidad”.

La realidad de la Madrid de la posguerra, la Madrid del hambre, donde discurre una humanidad doliente. Ciento sesenta personajes que se cruzan, luchan para sobrevivir, cada uno enjaulado en su historia y en su celda, en la gran colmena de la vida urbana.

“En el mundo han sucedido extrañas cosas —tampoco demasiado extrañas—, pero el hombre acorralado, el niño viviendo como un conejo, la mujer a quien se le presenta su pobre y amargo pan de cada día colgado del sexo —siniestra cucaña— del tendero ordenancista y cauto, la muchachita en desamor, el viejo son esperanza, el enfermo crónico, el suplicante y ridículo enfermo crónico, ahí están”.

Y ahí en el libro están todos estos personajes “dibujados con una ternura”, como escribe Camilo José Cela Conde, hijo del novelista, “que la novela se nos vuelve cruel”.

Cela “hace un uso extensivo de la mayor de las crueldades narrativas, que es la de dejar en libertad a cada mujer y a cada hombre ante su propio destino”, continúa Cela Conde en un texto incluido en la edición conmemorativa que la Real Académica Española y Alfaguara publicaron el año pasado, en ocasión del centenario del Premio Nobel de Literatura español.

“Las motivaciones de todos ellos son las más antiguas de la literatura y las más comunes de la humanidad: hambre, sueño, miedo, envidia, lujuria… El conjunto marca la frontera sutil que hay entre la tranquilidad y la confianza cotidianas y el pánico y el desespero de los momentos terribles. En La colmena la situación límite se vuelve habitual de la mano de esos triunfos diminutos que hay que lograr cada día para mantenerse vivo”.

Se han dicho muchas cosas sobre esta novela, su registro, su estructura, su diálogo coloquial, de si es urbana, costumbrista, realista o naturalista. Eso tampoco le importaba a Cela. Como dice en el prólogo a la edición rumana de la novela: “… de lo que aquí se trata es más bien producto de una lengua y una historia todavía muy cercanas a nosotros: el español popular y la ciudad de Madrid en torno a los años 1940 o 1942…”.

Y remata: “Ignoro si La colmena es una novela que se ciñe a los cánones del género o un montón de páginas por las que discurre, desordenadamente, la vida de una desordenada ciudad. Más bien me inclino a suponer que lo cierto es esta segunda sospecha…”.



Nota publicada en la edición 950

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