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Opinión

Fin de año: entre la nostalgia y la utopía


Por Juan Antonio Castañeda Arellano
11 Diciembre 2017

La discordia es el gran mal del género humano y la tolerancia es su remedio.

Voltaire

Qué insípido hubiera sido ser feliz.

Yourcenar

Termina un año, con nostalgia y más violencia que el anterior. En la memoria quedará un año marcado por la sinrazón de una sociedad consumista, una sociedad en la cual ya no sacuden los crímenes, la miseria, la mentira, la corrupción, la estupidez; aunque parece que despierta del adormecimiento y la insensibilidad. Pregunta: ¿Qué hay que agradecer en este diciembre? ¿Qué hay que festejar en este 2017 que agoniza?

Sin duda este es un tiempo marcado por la ilusión pero también por la angustia y la indefinición del ser humano, por la ausencia de referencias y valores estables.

Diciembre, con todos sus aires ilusorios, prefabricados y mentirosos, es el tiempo de la recapitulación y el reproche; de la acusación y de la fincación de responsabilidades; del ajuste de cuentas, de las pérdidas y ganancias; de los cargos y los abonos y esa vieja compañera: la esperanza.

La esperanza de que el 2018 sea de la sociedad civil; de esos cientos y miles de mujeres y hombres que han dicho basta, no a la impunidad, no la corrupción, no a la injusticia, no a la simulación, no a la violencia, no a la intolerancia, no al autoritarismo. Impulsemos porque esa voluntad se propague, se fortalezca y crezca, es lo mejor que nos puede pasar en el siguiente año.

Estamos ante la frontera del regocijo, el paroxismo del desenfreno, los vendavales de la euforia consumista y demás promesas del presente mes. Son como siempre prometedoras chacharas sentimentaloides, villancicos dulzones de navidad y año nuevo: se nos olvida que esta sociedad neoliberal envenena todo lo que toca: el aire, la tierra, el agua y el alma.

Mejor superemos esas acciones consumistas y que no se nos olvide que estamos contribuyendo al calentamiento global, la desertificación, la contaminación y, en fin, la destrucción de la Madre Tierra.

Mejor propugnemos la solidaridad en la alegría. Para que no nos devore el olvido, para que la amargura no sea tan amarga y para que dejemos de mirar cómo se mueren las horas y los años en la telaraña del recuerdo.

Para que el tiempo no se detenga; para que el sueño no se inmovilice; para que la sonrisa sea alta y clara; para que una profesora y profesor como tú aprendamos a ver crecer su sueño; compañeros universitarios, yo invito a través de mi pequeño charco de conciencia a un brindis por este país y, mucho mejor, por una soberbia aventura del diálogo y la libertad.



Nota publicada en la edición 952