Foto: Archivo

Personaje

Hombre de una sola cama


Siempre entrañable, Groucho Marx se convirtió en un ícono de la cultura universal y referente de una contracultura que cuestiona las buenas costumbres y apoya la inteligencia y el humor fino

Por Juan Fernando Covarrubias
8 Enero 2018

En El oficio de vivir Cesare Pavese anota que “quien come papas, ventosea”. La frase me ha hecho recordar que Groucho Marx (Julius Henry Marx, su nombre de pila) iba así por la vida: pedorreándose de todo, y de todos. En cierto momento de su carrera, para matizar sus actuaciones ante la cámara, dejó el bigote postizo y se lo hizo pintar de betún: un aditamento que le aportó un rasgo último que lo caracterizaría para siempre. A esto agregó unas cejas pronunciadas, unas gafas de metal y el infaltable habano. Aunque no surgió propiamente de las carpas y las calles, Groucho (que proviene de grouch, “gruñón”) añadió a su actuación un “andar gacho”, que dio el toque último a su personaje ya legendario. 

Antes de rodar su primera película, muda, en 1921 (Humor risk, que se perdió), la hizo de cantante solista: muy lejos de ese Groucho que escribiría esa máxima de la burla y la ironía: “Estos son mis principios. Pero si no le gustan, tengo otros”. Después, junto con sus hermanos, incursionó en el vodevil (género teatral de variedades que se popularizó en Estados Unidos entre 1880 y 1930), antes de entrar de lleno en el séptimo arte, donde rodó por lo menos once películas.

A cuarenta años de su fallecimiento (1977), de su escritura resalto Camas, libro escrito en 1930. Todos, con la cama, tenemos una historia. En ella, o sobre ella, chirriante avanzado el tiempo, pasamos gran parte de la vida. Por lo menos, un tercio. Años, meses, días, horas y sobre todo noches compartimos con esa estructura rectangular. Y no es que uno tenga que ir por la vida pregonando todo lo que hace (o deja de hacer) en una cama, o en su cama, propiamente dicho, pero “siempre me ha parecido extraño que la vida camera de cualquier persona corriente sea un libro cerrado para los amigos y conocidos”, reflexiona Groucho en su libro.

Este primer texto suyo, que lo terminó de escribir en 1929 —en pleno año de la depresión estadounidense—, prefigura lo que después vendría a ser su mejor obra, Groucho y yo, pero pone a la letra lo que ya, junto con sus hermanos Chico, Harpo, Gummo y Zeppo, hacía en Hollywood con películas como Un día en las carreras, Los hermanos Marx en el Oeste y Una noche en Casablanca: una comicidad disparatada e hilarante que no pierde vigencia.

“Monocamero” aferrado —fiel a un solo catre—, se llamaba a sí mismo, Groucho elabora una especie de tratado para el uso y disfrute de la cama: un invento olvidado en los últimos siglos porque no ha sufrido grandes cambios desde su aparición. “El término ‘cama’ —reseña Groucho sin un afán didáctico— se deriva del sánscrito kama, que en la mitología de la India designa al dios del amor; con el tiempo se corrompió hasta confundirse con el mueble donde se suele hacer el ídem”. Si Mark Twain afirmó “que muere mucha más gente en la cama que en cualquier otra parte”, Groucho ve el asunto desde la acera de enfrente: mucha más gente vive en la cama que en cualquier otro sitio.

Groucho ensaya y se divierte con Camas, cuyo tono queda establecido, tras la introducción, desde el primer capítulo, titulado “Ensayo sobre las ventajas de dormir solo” (la hoja, salvo esta leyenda, aparece en blanco, y en el pie una nota minúscula entre paréntesis: Nota del editor: el autor decidió dejar en blanco este capítulo). A lo largo de las páginas Groucho da cuenta de los accidentes, delicias, situaciones cómicas y desproporcionadas que vivió a lo largo de su vida en la cama, donde se dejó fotografiar numerosas veces y en compañía distinta.

Entre el doctor Kien y su esposa Teresa —antes, su ama de llaves— se suscita un primer conflicto conyugal por la ausencia de una cama matrimonial en su departamento. Kien es un hombre proclive al silencio y el trabajo científico, y a fin de que la mujer no lo exaspere con la falta de la mencionada cama, le da el dinero suficiente para que salga a buscar el mueble y pueda él quedarse a trabajar en su biblioteca. Todo esto sucede en Auto de fe, novela de Elias Canetti. Como se ve, únicamente vale lo que se hace en la cama, en la propia, obviamente.



Nota publicada en la edición 953


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