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Literatura

Bartleby el burócrata nihilista


En Bartleby, el escribiente (publicado en 1853), Herman Melville ya visiona el futuro de lo que sería el distrito financiero de Wall Street, en Nueva York, y a los personajes que de allí surgirían: algunos dominarían la economía del mundo y otros el mundo lo abandonarían

Por Juan Fernando Covarrubias
15 Enero 2018

El movimiento de Occupy Wall Street bien pudo haberse inspirado en Bartleby, el escribiente, de Herman Melville, y convertirlo en un ícono en la lucha contra el progresismo. Así como desperdiciar el tiempo constituye un gesto imperdonable en esta época de prisas y producción (porque, recordémoslo, es oro), el dejar hacer-dejar pasar (del francés laissez faire-laissez passer) de este copista empleado en un despacho (por esa época las máquinas de escribir no existían), se entiende como una actitud de franco enfrentamiento contra la establecido. Y se sabe que lo establecido es lo bien visto, lo que abre puertas; es lo que depara, en el futuro, un caudal de gracias y satisfacciones.

Bartleby, antiguo empleado en la Oficina de Cartas Muertas en una ciudad, llegó a Wall Street por la puerta grande: es contratado como copista y goza de la aprobación y benevolencia de su jefe, un hombre bonachón y nada problemático. Último en la jerarquía de aquella oficina, Bartleby asume las tareas propias de su condición: hace mandados, va por café y por bizcochos y, aunque a regañadientes, se encarga de hacer su trabajo como copista. Pero sin mediar algún acontecimiento relevante, Bartleby pasa de las buenas maneras de un oficinista cualquiera a convertirse en un vagabundo burócrata.

“En vez de tomar parte en la vida, decide morir”, de este modo describe Czeslaw Milosz a Bartleby en Abecedario. Diccionario de una vida. Todo está muerto en Bartleby. O en camino de hacerlo, languidece. Acomodado en su devenir cotidiano de no inmiscuirse en lo ajeno y de moverse únicamente regido por la ley del mínimo esfuerzo, adquiere una coraza para todo aquello que dispone de su tiempo y de su fuerza de trabajo mediante esta respuesta que, invariablemente, da ante cualquier petición y ordenanza, venga de quien venga, incluido de su superior: “Preferiría no hacerlo”. El lema máximo de todo aspirante a vagabundo-burócrata. 

¿Sabría Bartleby a dónde lo conduciría esta especie de sonambulismo que lo atacaba, que había tomado posesión de él? Hay un momento en la vida en que uno tiene que entenderse (o pactar) con sus demonios internos si no quiere sucumbir fatalmente ante ellos. Este manejo tal vez no lo tuvo claro nunca Bartleby, o si fugazmente lo tuvo, no le concedió la mínima importancia. Tampoco que su proceder, cercano a un nihilismo pasmoso, lo podría convertir en un anti-icono de las masas progresistas del capitalismo, sobre todo si se considera que su trabajo oficinesco se encontraba, prácticamente, en el centro financiero de la Tierra: Wall Street.

En el clímax de su actuación, Bartleby, desentendido ya de toda tarea propia de esa oficina en la que pasa sus días —imbuido en quehaceres mortales, comunes y anodinos—, ante el llamado a la cordura de su jefe dice con una tranquilidad que por inaudita resulta celebratoria: “Por ahora prefiero no ser un poco razonable” (sino un loco en mis cabales). Ese dejar hacer-dejar pasar le cobra una factura considerable: impedido su jefe de poder despedirlo y de echarlo a la calle, decide mudar la oficina y abandonar allí al escribiente. Pero no es, con todo, la mayor de sus tragedias.

Bartleby no buscaba sensaciones nuevas, recurría más bien a un estoicismo heroico sin pretensiones: un hombre encargado en otro tiempo de la oficina de Cartas Muertas de una ciudad importante tendría que parecerse en algún grado a su trabajo. “Le resulta desagradable reclamar sus derechos y se podría decir que siente una repugnancia absoluta hacia la existencia entendida como una lucha”, reflexiona Milosz. Pensar es el principio para hacer, o en dado caso para no hacer, y en eso mayormente se le iba el tiempo a Bartleby, cuya existencia terminó en la contemplación de un alto muro.

Quizá Bartleby, en un rasgo visionario, se anticipaba con esta última acción de abandono y dejadez al látigo de una imposición que, intuía, no podría quitarse de encima en adelante, y prefirió tomar la delantera: se negó a sucumbir ante el tráfago, el vértigo y la indolencia propios de ese distrito financiero.



Nota publicada en la edición 954


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