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Opinión

La educación y el mundo que viene


Por Juan Antonio Castañeda Arellano
12 Febrero 2018

El maestro desempeña un papel clave en las generaciones del futuro.

Andy Hargreaves

El mundo en que vivimos cambia con rapidez y, previsiblemente, el proceso va a continuar con un ritmo aún no determinado. Lo que a mi juicio ocurre es que el evidente cambio es más externo que interno, más del ritmo que de la melodía.

La era de la tecnología abre nuevas y extensas perspectivas que, además de muchas otras cosas, van a alterar, ampliándolo, el factor tiempo. Ello, añadido al crecimiento de las expectativas de vida, va a exigir una preparación de la humanidad, dirigida a utilizar del mejor modo posible este tiempo con el que antes no se contaba y a tratar de alcanzar una convivencia grata y comprometida con el entorno, con el fin de que el tiempo “añadido” discurra del modo mejor y más humano posible. Habrá que aprender a vivir en estas nuevas coordenadas y habrá que educar en muchos aspectos de la vida que antes apenas daba tiempo de desarrollar más que de modo esporádico o en casos aislaos: lectura, reflexión, música, contemplación de la naturaleza, relaciones frecuentes con los semejantes, testimonios escritos, cambio de impresiones, labores sociales o prácticas del ejercicio físico.

Como en el caso de todas las cosas importantes habrá que continuar el aprendizaje en la escuela, y será, una vez más, el maestro la clave de la educación para el futuro. Quiero aclarar que utilizo la palabra maestro en sentido simbólico, como la persona encargada de educar, sin pensar si es de uno u otro sexo.

Pues bien, se aproximan nuevas exigencias para el maestro: tendrá que conocer, practicar y habituarse a los adelantos informáticos para enseñar a los alumnos y, sobre todo, en su labor educativa deberá incidir en el buen aprovechamiento de las ventajas que proporcionan las nuevas tecnologías. Es decir, en la óptima utilización del tiempo excedente, despertando y estimulando más que nunca la curiosidad, los intereses, inquietudes y aficiones de los alumnos y alumnas hacia unos conocimientos y actividades que previsiblemente van a poder desarrollar a lo largo de su vida. Las materias peyorativamente llamadas en otro tiempo “de adorno”, aunque en realidad hayan sido siempre esenciales en la formación de la persona, deben cobrar protagonismo: me refiero a la música, el teatro, la danza, el juego en sus diversas formas, la cooperación social; la dramatización, por supuesto, la lectura, tanto la dirigida al conocimiento como la de evasión o divertimento.

Ante esta perspectiva, parece que todos los apoyos, orientaciones y estímulos al maestro serán pocos en su tarea de llevar educación para el futuro. Ello exigirá información y reflexión; planteamiento, análisis y debate de temas vivos, mayores y menores, teóricos y prácticos.

Es necesario animar e implicar al maestro en la construcción del mundo futuro a través de las generaciones que lo van a vivir y que lo deben disfrutar. Con este papel tan relevante, tal vez se alcance el prestigio social, en el más elevado sentido que la profesión de enseñar merece y que aún no se ha alcanzado de modo suficiente.

Uno de los grandes retos del momento actual es, a mi juicio, proyectar de modo serio y urgente la manera, o más bien, las distintas posibilidades de apoyo y orientación al maestro que educa hoy a los habitantes del mundo que viene.

Temas prácticos, poesía, imaginación, testimonios y aportaciones de plena solvencia y valor humano son algunos elementos que el Sistema de Educación Media Superior hoy quiere ofrecer a los maestros y maestras que educan para mañana, a través de un trabajo en común que irá desarrollando diferentes temas, en una actividad compartida, enriquecida por experiencias contrastadas en seminarios permanentes, conferencias, en la academia, foros.

En fin, nuestro mayor empeño es proporcionar estímulos, apoyo y sugerencias a las maestras y maestros en su cada vez más complejo quehacer.



Nota publicada en la edición 958