Crónica
La huella de la fractura
Foto: Fernanda Macías
Por Víctor Rivera
19 Febrero 2018

Un polvo negro, fino y brilloso es la huella de la fractura. Está por todas partes: en las orillas de los caminos de Angahuán, en la vereda que va hacia San Juan Parangaricutiro, o lo que queda de éste, que son puras ruinas: la torre de una iglesia, un altar, unos pilares. Antes de llegar a los restos del pueblo inundado por la lava, el polvo, antes fino como si alguien hubiera molido una piedra de obsidiana, se convierte en grandes rocas que llenan todo el camino. Son enormes, negras y opacas. Restos de las entrañas de la tierra que subieron a la superficie.

Pedro nació en esta tierra, en el estado de Michoacán. Es nativo de la comunidad purépecha de Angahuán. Ronda los cuarenta años y sus experiencias de vida lo han llevado a conocer y vivir en diferentes lugares de México. También trabajó en Estados Unidos. Aparte de ser un trotamundos, es un políglota: domina perfectamente el purépecha, el español y el inglés. De estar hablando en español cambia de repente a su idioma nativo sin ninguna complicación. Mientras subimos por el camino que lleva a las ruinas se San Juan, me platica que desde que él era niño su padre le contaba cómo se vivió el nacimiento del volcán. Narra, con su aire de buen conversador, que todos los habitantes tuvieron que huir del pueblo, que perdió hasta el nombre y ahora le pertenece al coloso.

“La tierra tronaba, me decía mi padre, pero no era un estruendo, era como un retorcijón. Como si por dentro algo se estuviera rompiendo, como una fractura. Así fue la vida aquí durante nueve años, en los cuales el volcán estuvo escupiendo lava” — explica—. Todo se acabó desde el día que el patio trasero de un campesino empezó a emanar humo y a escupir fuego. ¿Me creerás que este mes se cumplen 75 años?, y es algo que muchas personas lo recuerdan siempre, como si hubiera sucedido unos días atrás”.

Le dijo que el volcán quedó apagado, pero me corrige: “No, sigue activo —señala hacia el cráter y sentencia—: Mira, acaba de aventar una pequeña nubecilla de vapor…”. Como lengua de humo que se pierde en el viento del mediodía, el Paricutín se hace presente.

   

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“Dionisio Pulido, la única persona en el mundo que puede jactarse de ser propietario de un volcán, no es dueño de nada…”; esto lo escribió José Revueltas en septiembre de 1943, cuando el monstruo comenzaba su histórica aparición en la tierra. El texto, publicado en El Popular sirvió para dar rostro a los miles de damnificados que huían de la lluvia de piedra fundida y las ventiscas de polvo fino y negruzco. Hoy día los desplazados, como el padre de Pedro, sufren aún la pérdida de sus pueblos, pero viven de lo que concibieron como un castigo divino. En los escombros de lo que fuera la iglesia de San Juan Parangaricutiro, el comercio, las fotos de la catástrofe, del poderío del volcán y la venta de comida son las actividades que dan el sustento a quienes aún habitan alrededor del coloso. Entre las piedras de lava seca, de donde sale la torre de la iglesia, hay viejos que se pierden entre las sombras. Uno de ellos es Ramón, que dice haber tenido cinco años cuando el volcán se tragó al pueblo. Otro es Francisco, que cuenta con 98 años y relata que cuando el patio de Dionisio Pulido explotó en ríos de lava, él ya tenía 23 años…

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“El altar Dios lo respetó. Todo se llenó de lava, pero no el altar. Ése, Dios lo respetó. Es que había cascadas, ríos de lava. Era lava roja. Roja que brillaba como el infierno. Sepultó todo. Menos la torre. La otra estaba en construcción. El pueblo quedó abajo, pero el altar, Dios lo protegió”.

Francisco es un viejo que se la pasa recargado en una roca. Cuando llegan los visitantes les relata cómo fue la explosión del volcán con una dicción en español rica en pausas, pues su lengua es el purépecha. Una venda le cubre el lloroso ojo izquierdo, que de vez en vez se seca con las manos brillosas por el polvo negro. Huele a papel antiguo. A hojas amarillentas.

“En 1942 hubo un temblor, como el del 85 de Ciudad de México. El volcán no llegó solo, fue un temblor fuerte, como el de 85. Cuando tembló, en cielo salieron estrellas, eran tres grandes, con una estela verdosa, la gente sabía que algo venía, pero no sabía que les iban a quitar sus tierras. El 20 de febrero de 1943 el volcán tronó, nació con dificultad, pero se formó. Salieron tres conos, uno sólo echaba humo y cenizas, cuando salió el cono pequeño, comenzó a emanar lava. Ríos de lava roja, como el infierno…”.

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Pedro señala los pinos que rodean el área del Paricutín. Me cuenta que toda la forestación es actual, que cuando él era niño todo estaba “pelón”. “Murieron los animales que aquí habitaban: coyotes, lobos, venados, había hasta jabalíes”.

Cuando llegamos a la mitad del descenso se detiene con ligereza y observa todo alrededor como si midiera el terreno. Señala con la mano y refiere que ese era el límite de la lava. “Sabes, vino mucha gente y siguen viniendo, gente que estudiaba el volcán. Por allá decía mi padre que se quedaban algunos pintores —debió ser Gerardo Murillo (Dr Atl)— que se despertaban muy temprano o a veces estaban todo el día pintando las postales del volcán (Cómo nace y crece un volcán, El Paricutín, Dr Atl, Editorial Stylo 1950). Aún vienen personas que quieren tomarle fotos al volcán o a la torre de la iglesia, luego de 75 años, esto sigue siendo un espectáculo. Aunque, cuando es de noche y el cielo está estrellado, la tranquilidad se apodera de todo. Uno nunca pensaría que esos conos de tierra que están allí dieron tanta lata por casi diez años”.



Nota publicada en la edición 959


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