Foto: Obra de Egon Schiele

Ensayo

Censurar al cuerpo


Por Verónica López García
5 Marzo 2018

Mil novecientos dieciocho fue un año especialmente difícil para Europa, luego de cuatro años de guerra y, cuando por fin Alemania aceptaba las condiciones del armisticio que daría fin a la Primera Guerra mundial, una epidemia de gripe asoló al continente. La gravedad de la pandemia fue tal, que en apenas un año provocó la muerte de entre veinte y cuarenta millones de personas, en su mayoría adultos jóvenes. No es difícil imaginar el espíritu que dominó aquellos años en las principales ciudades europeas, particularmente los círculos de pensamiento que formaban los artistas de entonces. El siglo XX empezaba mal y eso abrió distintas rutas para la creación artística. Mientras unas vanguardias celebraban la tecnología y hacían odas a la velocidad de hélices y turbinas, otras se convertían en bestias que golpeaban con estridentes colores los lienzos, o cuestionaban el sentido social del arte y su banalidad frente a la muerte de la guerra. 

En aquel año, y contagiados por la pandemia, perdieron la vida personalidades como el poeta francés Guillaume Apollinaire, el arquitecto austriaco Otto Wagner, el notable creador Gustav Klimt y el joven pintor que éste último apoyó, Egon Schiele, para quien la ciudad de Viena prepara actividades con motivo de su centenario. El peso artístico de la obra de Schiele rebasó, desde hace muchos años, las fronteras vienesas para conmover y perturbar a todo Occidente. El corazón de las celebraciones es una magna exposición en el Museo Leopold de Viena, donde se alberga la más grande colección de su pintura, misma que también se anuncia en grandes capitales europeas como Berlín y Londres. Las imágenes, que reproducen algunos de los inconfundibles retratos de Schiele, fueron censuradas por diversos ministerios de esas ciudades, a los que las piezas les resultaron, entre otras cosas, pornográficas. Luego de que los organizadores optaran por cubrir los genitales de los retratos con bandas en las que se lee: “Lo siento. Tengo cien años, pero sigo siendo demasiado atrevido para hoy”, nos quedan varias reflexiones y una lamentable certeza: la de saber la ignorancia que domina el pensamiento occidental en la actualidad.

Antes de acudir a la filosofía y a la estética, antes de revisar la gran cantidad de conocimientos que han producido las discusiones sobre el sentido social del arte, está la historia y, ahí, en el vuelo más superficial por la transición del siglo XIX al XX, encontramos la hostilidad de un mundo roto que experimentaron Schiele y muchos de sus contemporáneos. Dentro y fuera de aquel contexto específico, los retratos de Schiele destacan por la nerviosa línea que dibuja cuerpos con tanto erotismo como fracturas. La tensa soledad que parece habitar a las figuras retratadas, parece decir muy poco o nada a los ministerios, cuya mirada sólo reconoce el peligro que guarda la contundencia genital de las piezas.

La renovada fuerza de los nacionalismos, la torpe e hipócrita visión de las buenas conciencias y la falsa laicidad de los Estados, forman un caldo de cultivo en el que aparecen virus tan poderosos como el de la gripe española, pero que en lugar de atacar el sistema respiratorio, se dirigen certeros al pensamiento racional del siglo XXI. ¿De qué protegen y a quiénes los que guardan el orden y el buen gusto?, ¿de qué nos hemos perdido quienes creímos, ingenuos, que el cuerpo humano en el arte es una impronta a la que cada época suma algo? El cuerpo en el arte ha construido un discurso que nos es propio y cuya lectura resulta necesaria. El caso Schiele podría ser el magnicidio de una innumerable cantidad de crímenes que en todo el mundo se cometen en contra de la libertad, la más básica y fundamental, la de expresión.



Nota publicada en la edición 961


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