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Opinión

Educar es fomentar el uso de la razón


Por Juan Antonio Castañeda Arellano
9 Abril 2018

El joven no es una botella que hay que llenar, sino un fuego que es preciso encender.

Montaigne

La razón es lo que tienen los seres humanos en común, han dicho desde Kant un sinnúmero de pensadores, y todos consideran que la educación humanista consiste ante todo en fomentar e ilustrar el uso de la razón, esa capacidad que observa, abstrae, deduce, argumenta y concluye lógicamente.

Los grandes pensadores siguen molestando con sus impertinencias intelectuales. Porque tienen ideas raras que atentan contra la tradición, las “buenas costumbres”, con su forma de mirar el mundo rutinario. Son incómodos y se ve como incorrectas las ideas innovadoras que propugnan y difunden esas cuestiones que no gustan a una gran cantidad de personas en la sociedad de la llamada modernidad. Los innovadores en los diversos campos rompen con lo anterior, con el neoliberalismo, el conservadurismo, el puritanismo; vuelven a estar presentes. Bueno, nunca se han ido.

Los grandes filósofos y pensadores no capitulan. No lo han hecho en los años de plomo. Ni lo harán ahora, cuando la problemática sociocultural trata de hacerlos a un lado, de degradarlos a la categoría de soñadores y fuera de la realidad. Los conservadores nunca han sido esos grandes aportadores de la cultura. Ni revolucionarios. Los primeros han sido predicadores inagotables de la justicia, de aportar nuevas ideas de la ética. Hombres comprometidos con el laicismo, la ilustración, los derechos, la razón. Divulgadores sin concesiones a la demagogia o al sectarismo. Ni a la simpleza. Ensayistas que han opuesto muchas preguntas y algunas respuestas a las congojas de nuestra sociedad y del pasado.

Puede que la gran batalla haya sido la que han emprendido contra el oscurantismo; el religioso, el político, el cultural, no digamos el fanatismo nacionalista. Ellos no han dejado de molestar con su rechazo al puritanismo, a las ideas y creencias sin fundamento científico; pero también con la refutación de la corrección aséptica del llamado progreso. La libertad de expresión está amenazada. Se halla bajo sospecha la transgresión. Hasta las artes se encuentran expuestas a una mirada púdica que aspira a redimirlas.

Estos pensadores, en cambio, han llegado a tiempo de redimirnos del buenismo. Por eso no hay manera de clasificarlos ni de simplificarlos. Ellos no son solo literatos, filósofos, físicos, biólogos: son iconoclastas, algunos; otros, transgresores de los valores dominantes. Son un estado de conciencia que sobrevive a la coyuntura. Son un pelo en la sopa, como se dice comunmente.

André Gide recomendaba huir de quienes dicen haber encontrado la verdad, pero aconsejaba seguir a quienes la buscan. Por ello esos personajes de la inteligencia son la luz en la que algunos o muchos —no lo sé— encontramos una salida a la oscuridad cada vez que ésta nos acecha.

Varios de los actuales pensadores recuerdan las palabras del filósofo John Passmore, en las que, citando al psicólogo Jerome S. Bruner, dice que la enseñanza debe lograr que los alumnos “terminen por respetar los poderes de su propia mente y que confíen en ellos, que se amplíe ese respeto y esa confianza a su capacidad de pensar acerca de la condición humana, de la situación conflictiva del hombre y de la vida social”.

Según estos autores, la educación debe, además, proporcionar un conjunto de modelos funcionales que faciliten el análisis del mundo social en el que se vive y las condiciones en las cuales se encuentra el ser humano; crear un sentido del respeto por las capacidades y la humanidad del hombre como especie y dejar en el estudiante la idea de que la evolución humana es un proceso que no ha terminado.



Nota publicada en la edición 964


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