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Ensayo

¡Cuidado! lo que leas aquí puede ser falso


Por Cuauthémoc Mayorga Madrigal
28 Mayo 2018

…estoy dotado del deseo de indagar, la paciencia de dudar, la pasión de meditar, la prudencia en afirmar, la prontitud en cambiar de opinión y la diligencia en ordenar.

Francis Bacon.
Ensayos, 1603

Se cuenta la historia de un padre de familia que, durante la Edad Media, tuvo la ociosa ocurrencia de contar las piezas de la dentadura a uno de sus hijos. El resultado no fue lo que esperaba, ya que el número de dientes no se correspondía con lo que decía la literatura anatómica de su tiempo. Ni tardo ni perezoso, después de haber repetido el conteo con el mismo resultado, le pidió a su segundo vástago que le permitiera realizar su ejercicio contable, pero el resultado acrecentó su frustración al constatar que había engendrado fenómenos que carecían de las piezas que se afirmaba debía tener toda persona normal. Con un especial esfuerzo se paró frente a un espejo a repetir el conteo empleado con sus retoños y pudo constatar que él podría ser el causante de tal deformidad, porque el número de dientes que se aseguraba debía haber un ser humano, pues él tampoco lo tenía. Tuvieron que pasar muchos meses para que recuperara la tranquilidad perdida.

Lo que decía la literatura, lo que se afirmaba en las clases de anatomía y lo que toda persona, medianamente culta en el tema de los dientes decía saber, no se correspondía con la normalidad. Se trataba de un dato fácilmente demostrable que, tal vez por su sencillez y aparente evidencia, nadie se tomó la molestia de constatar y provocó que un dato erróneo se propagara como verdadero por más de mil años.

Esta historia al menos nos deja algunas moralejas, pero, a la vez, nos genera fuertes interrogantes. Comencemos por las moralejas: 1. No podemos confiar, sin más, en lo que se afirma en los doctos tratados; 2. Es muy probable que lo que la mayoría de la gente cree sea falso; 3. Hay una alta posibilidad de que las creencias que tenemos más arraigadas y que orientan nuestras vidas sean erróneas y, 4. Podemos sentirnos muy cómodos (hasta por más de mil años), con saberes que creemos verdaderos y por orgullo o pereza nos resistimos a abandonar.

Si a las posibles inferencias que hemos señalado, añadimos la alta posibilidad de obtener datos equivocados por la vía de nuestros sentidos, entonces, al parecer, estamos realmente perdidos.

Si bien es difícil tener una absoluta certeza de las creencias con las que nos enfrentamos en la realidad, en cualquier ámbito de nuestras vidas, al menos emprender una vía negativa podría resultar menos tortuoso. Por vía negativa me refiero a que, si no sabemos cómo proceder para obtener información segura, al menos conviene evitar aquellos caminos que es más probable que nos conduzcan al error. Cuando Baruch Spinoza reflexionó sobre el camino que lleva al hombre a alcanzar la felicidad, concluía que no podía saberlo, pero al menos sí podría dar razones para prevenirnos de aquellos senderos que no conviene transitar.

Una somera introspección acerca de los saberes con los que hacemos nuestras vidas nos permite darnos cuenta de que las creencias con que nos desenvolvemos pueden ser falsas: creemos saber quiénes son nuestros hermanos, qué estrategia seguir para hacer un buen negocio, cuantos planetas componen el sistema solar, cuál será la mejor opción en las próximas elecciones, cómo obtener el área de un círculo o cuántos dientes tiene una persona en condiciones normales, pero, lamentablemente, no todos tenemos certeza absoluta de dichos saberes y cabe la posibilidad de estar equivocados.

¿Cómo obtener certeza de nuestras creencias? Esta ha sido una de las terribles interrogantes que acompaña a la humanidad, al menos, desde que hay filosofía. Por la vía negativa se han sugerido diferentes alternativas: ser un poco desconfiados y no creer del todo en nuestros sentidos, ni en lo que leemos, en lo que nos dicen, en lo que afirman los sabios, en lo que está escrito en los libros, en lo que las mayorías opinan, en lo que intuimos o hasta en lo que inferimos.

Y la vía positiva que, como sospechamos, no es del todo segura, supondría un esfuerzo individual por analizar cuidadosamente las razones en que se soportan nuestros saberes, reconocer los límites de nuestros sentidos, meditar sobre la veracidad de lo que aceptamos como verdadero, no temer cambiar de opinión y, en pocas palabras, actuar como aquel padre de familia medieval que, no conforme con lo aprendido, con lo que se decía y lo que él creía, puso a prueba los conocimientos admitidos y emprendió, autónomamente, la búsqueda de saberes más confiables.



Nota publicada en la edición 971


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