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Personaje

El narrador que dinamitó el sueño americano


La muerte de Philip Roth, ocurrida hace apenas unos días, conmocionó a los lectores que se nutrieron con sus historias en las que exploró con irónica visión las costumbres judías y las contradicciones de la american way of life

Por Juan Fernando Covarrubias
28 Mayo 2018

Algunos escritores consideran a su trabajo como un modo de sobrevivencia. Una vía para cantar el pasado, al modo de los griegos. Otros incluso han declarado que sus días adquieren importancia a partir de atacar la hoja en blanco. Pero para el narrador estadounidense Philip Roth (1933-2018), escribir constituía una especie de sacrificio, una forma para lidiar con el dolor. La escritura como un todo que no permitía huecos, que se vendría abajo si se le encontrara una pequeña fisura: por ello su entrega era obsesiva, desquiciante, total.

En una entrevista para The Paris Review en 1984, Roth declaró que para él “escribir no es algo natural que sigo haciendo, a la manera en que los peces nadan y los pájaros vuelan. Es algo que hago bajo cierta clase de provocación, un apremio particular”. Una punzada que no sabía eludir. Más de dos décadas después, en 2010, se retiraría de la arena de la escritura aduciendo que no había más en su pluma. Se agotó. Porque la tarea fue ardua durante varias décadas desde su debut en 1959 con Goodbye, Columbus.

Tras este primer libro, que incluyó una novela corta y seis relatos, y de Deudas y dolores (1962), Roth publicó El mal de Portnoy (1969), un conjunto de relatos en los que explora una lúcida e irónica visión, despiadada y cómica a la vez, de las costumbres y psicología judías, y de la sacralización y descenso a los infiernos del sueño americano.

Si en Goodbye, Columbus se habían insinuado, aquí están presentes ya del todo los temas a los que volverá una y otra vez en su narrativa posterior: el (temprano) ejercicio de la sexualidad, el mundo judío y los contratiempos y bondades de la vida de un semita en esta nueva tierra prometida, la América contemporánea en la que desembarcó con un puñado de obras maestras, entre novelas, cuentos, ensayo y memorias.

Roth buscaba que el lector percibiera la invención “como una realidad que puede entenderse como un sueño” (se lo dijo a The Paris Review), el sueño o quimera entonces puede presentarse cualquier día como una realidad insoslayable, imposible de evadir y pasar por alto. Como un narrador de la caída, en Pastoral americana (1997) aborda el desmoronamiento del sueño americano, su decadencia y, al fin, su pasmosa finitud, a través de Seymour Levov, el Sueco, quien procede de una familia judía asentada en Newark, cuya fortuna y buen nombre les vienen de la fabricación de guantes: el credo personal del Sueco se basa en el apego a la historia norteamericana y a los beneficios que se desprenden de todas esas bondades que provee el vivir en ese suelo bendito de América.

No obstante que Seymour aprendió a vivir mediante renuncias y atento a las migas que botaban de la mesa capitalista, su caída fue tan estrepitosa y en un agujero tan profundo que no pudo siquiera protestar, no supo cómo: su hija Merry, a la que nada le hace falta y que va por la vida convencida de sus filias antibélicas por la guerra de Vietnam, coloca una bomba en un despacho de correos y provoca la muerte de una persona inocente. Ahí se dinamitó el sueño americano del Sueco, ahí estableció contacto con “¡lo demencial… (de) la historia norteamericana!”.

El Sueco Levov, con todo (su hija desquiciada, la infidelidad de su mujer, el abandono de su hermano Jerry y el caos en que se convierte su vida de la noche a la mañana) se apega, como si siguiera un manual punto por punto, a ese largo testamento de los judíos asentados en Estados Unidos que aboga por la perfección: esa línea trazada por las aspiraciones (american way of life) aparejada con una religiosidad estricta e impositiva, renunciando incluso a las convicciones propias.

Y justo ahí, en esa ceguera, tal como se lo dijera Jerry, cavó su propia tumba: “¿Querías ser… un verdadero tipo emprendedor norteamericano…? […] Ahora tienes la realidad de este país ante las narices. Con la ayuda de tu hija estás tan metido en la mierda como un hombre puede estarlo, en la auténtica mierda demencial norteamericana. ¡La América afectada de locura homicida!”.



Nota publicada en la edición 971


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