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Ensayo

Entre el zodiaco el astrólogo y nosotros


Por Cuauthémoc Mayorga Madrigal
18 Junio 2018

¿Tú en que crees? —le preguntaron al carbonero. —En lo que la santa Iglesia —respondió. —¿Y en qué cree la iglesia? —Lo que yo creo.  —Pero, ¿qué crees tú? —Lo que cree la Iglesia…

Cuando los astrólogos garantizan que los nacidos bajo el signo de Capricornio recibiremos una visita inesperada y que si vestimos con camisa amarilla podremos tener éxito en los negocios, me quedo absolutamente confundido, porque mis enormes limitaciones intelectuales me impiden comprender las razones por la cuales unas piedras flotantes en el firmamento podrías influir en el carácter y el destino de los capricornianos que aproximadamente conformamos la doceava parte de la humanidad.  También me resultan incomprensibles las razones en que se apoyan una incontable cantidad de individuos que son incapaces de dar un paso fuera de su casa si antes no se enteran de lo que les recomiendan y deparan los astros. Aunado a las dudas señaladas, otra interrogante que me surge tiene que ver con los astrólogos, esos que se presentan en la televisión, el radio o el periódico, quienes, con una certeza que desarma a cualquier mortal, realizan afirmaciones en menos de diez minutos sobre la suerte que le espera y la conducta que conviene seguir a la totalidad de la humanidad; ¿ellos se creerán a sí mismos? 

Un saber lo consideramos confiable cuando comprendemos sus causas; de hecho, esta era una de las características que Aristóteles atribuía al conocimiento superior, esto es, conocer los fenómenos a partir de sus causas y este criterio es vigente en las ciencias contemporáneas. Al preguntarnos el por qué de un fenómeno como la inflación, la lluvia, la esquizofrenia o la tuberculosis, en realidad estamos preguntando por un fenómeno anterior que lo ocasiona. Un requisito primordial para poder justificar una relación entre causas implica justificar la relación que existe entre las causas y los efectos.  Dado este criterio mínimo, podemos identificar, al menos, dos tipos de errores comunes que se siguen de este tipo de justificación: 1. En ocasiones es más de un factor el que ocasiona un efecto, por lo anterior, suponer que la criminalidad es causa de haber votado por tal o cual candidato podría ser un error si dejamos de considerar que hay otros factores que pueden estar asociados al fenómeno que intentamos comprender. 2. El hecho que dos fenómenos ocurran en un tiempo simultaneo o inmediato no implica, necesariamente, que exista relación causal; por lo anterior, suponer que me tropecé justo después de haber pasado debajo de una escalera podría ser explicado como una casualidad, más no como causalidad. 

No tengo duda de que es imposible tener certeza de todas las causas de los fenómenos que constituyen los saberes que orientan nuestras vidas. La infinidad de posibles saberes hace imposible que podamos acceder a los secretos de los fenómenos con que hacemos la vida cotidiana o profesional. Seguramente el biólogo, el sociólogo o el químico puedan ofrecernos explicaciones convincentes sobre fenómenos propios de su profesión, pero también es muy seguro que desconozcan la explicación causal de otros fenómenos que les resultan ajenos a las preocupaciones intelectuales, pero no de su vida diaria. Ante tal circunstancia, no queda otra alternativa que atender las afirmaciones de aquellos que con mayor probabilidad lo sepan o confiar en nuestras intuiciones. En tales casos, el prestigio de quien afirma, nuestras corazonadas o lo que la mayoría de las personas de nuestro entorno afirma como verdadero, es seguido como alternativa para afrontar la realidad. Si esto es así, pareciera que muchas de nuestras acciones no difieren demasiado de aquel individuo que cree al astrologo en función de su prestigio.

Nuestra vida, llena de experiencias privadas y elucidaciones particularísimas, nos conduce a emitir explicaciones basadas en aquello que sólo el creador de tales construcciones puede admitir con una fe indubitable. Nuestras certezas llegan a ser tan firmes de tal manera que se nos presentan como la orientación para nuestro desenvolvimiento en el mundo. Desde la creencia de que mi camión siempre viene a las ocho de la mañana, pasando, por la suposición de que la leche hace daño, hasta la creencia de que los nacidos bajo el signo de Capricornio somos muy sangrones, pueden ser creencias de este tipo, que parten de experiencias o construcciones privadas que, quien las emite, las cree con la fe del carbonero y con la posibilidad de influir en la creencia de los otros.

Si bien el ejemplo del astrólogo y el zodiaco pueden resultar ejemplos grotescos en el ámbito universitario, donde la ciencia y la racionalidad son los paladines, no podríamos descartar, sin más, la posibilidad de que estas formas mágicas de pensamiento están presentes en las creencias con las que hacemos nuestras vidas.



Nota publicada en la edición 974


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