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Ensayo

Conocerse a sí mismo ¿es posible?


Por Cuauthémoc Mayorga Madrigal
10 Septiembre 2018

Hay tanta diferencia entre nosotros y nosotros mismos, que entre nosotros y el otro.

Montaigne

“¿Quién soy?”, reza una de las preguntas clásicas de la filosofía que, no por haberla expresado los filósofos, deja de ser común a la humanidad.  Así, decir que “soy un ser único e irrepetible”, que “soy un ser hecho a imagen y semejanza de Dios” o que “soy un ser racional”, si bien despejan la duda de manera momentánea, al hincarles el diente pueden revelarse como expresiones huecas o carentes de sentido.

“Eres una persona única y especial”. Esta es una de las tres mil novecientos cincuenta y siete construcciones gramaticales que se utilizan para brindar un halago, aunque también podría funcionar como un recurso para fastidiar. Cuando definimos a una persona o a nosotros mismos utilizamos un conjunto de cualidades que creemos permanentes y este recurso parece suficiente para definirnos. De esta manera podemos decir: Eleuterio Patiño es una persona delgada, masculina, de treinta años, de un metro y medio de estatura, que usa botas y lentes, le gustan las películas de suspenso, es muy reflexivo, usa el cabello debajo de los hombros y tiene ojos grandes. Si retenemos las cualidades enlistadas, al ver una fotografía de una persona con las cualidades descritas, podríamos identificarlo como Eleuterio Patiño o, si este fuese sospechoso de un crimen, la policía tendría datos importantes para emprender su búsqueda.  Pero, ¿los criterios con que definimos a Eleuterio son los mismos que fueron hace cinco años, mañana o…?

La estancia doctoral que en el Departamento de Filosofía realzó Alfonso Muñoz Corcuera, profesor investigador de la Universidad Complutense de Madrid, fue motivo para reflexionar sobre la identidad personal y los problemas que se generan desde perspectivas ontológicas, psicológicas, epistemológicas, éticas y literarias.

En general la ciencia busca saber qué es un caballo, un átomo o una ecuación de segundo grado. Un recurso para afrontar dicha exploración consiste en descubrir rasgos únicos o distintos; de esta manera, para identificar a un caballo, enlistamos cualidades que lo hacen diferente de un orangután o un burro. Si bien la distinción de los objetos externos a nosotros nos preocupa, de acuerdo con Muñoz Corcuera, ocuparnos de lo que nosotros somos genera un tipo de inquietud especial. Esto es así porque me preocupo de mis dolencias, de mis actos, de mis aficiones o mis pasiones de una manera diferente a como estas afecciones impactan a otros, aun siendo personas muy queridas. Explicaba el académico: “La compasión que puedo sentir por el temor de mi hijo al llevarlo al dentista es diferente de la manera en que yo asimilo la experiencia personal de ir al dentista”.

Parménides de Elea decía: “El ser es y no es posible que algo sea y no sea”. Esto está muy bien y parece funcionar en las matemáticas y la lógica, pero no parece operar cuando de objetos materiales o personas se trata; estos últimos dejan de ser lo que eran con el paso del tiempo. Como alternativa a esta observación, otro filósofo presocrático, Heráclito de Éfeso, afirmó que todo está siendo y dejando de ser, “nadie se baña dos veces en el mismo río”. Pero la solución de Heráclito parece condenarnos a la ignorancia, a no poder saber qué son las cosas, quiénes son los otros y quiénes somos nosotros mismos.

Si al pasar el tiempo todo cambia, entonces podemos suponer que algo permanece, de tal manera que el Río Ameca que vimos hace un año, lo seguimos identificando como el Río Ameca que podemos ver hoy, aunque otras aguas lo bañen. Ante esta posible solución, Muñoz Corcuera nos recuerda la historia de Teseo quien, al tratar de reparar su barco, comenzó cambiando el timón, luego las velas, después las maderas de la proa, hasta que, finalmente, cambió todas las piezas, logrando conservar la misma figura. Otro marinero se ocupó de recolectar las partes que desechó Teseo y con ellas construyó otra embarcación. ¿Cuál es ahora la barca de Teseo? En un sentido similar, el cuerpo de Eleuterio cambia con los años, cambia su estatura, sus arrugas, sus células se mueren, se regeneran o deterioran, pero, a pesar de ello, le seguimos llamando Eleuterio.

Tal parece que el recurso de basarnos en las apariencias no es suficiente para tener claridad sobre la identidad, por lo anterior otros filósofos como John Locke consideraron la idea de que la identidad personal se refiere a las cualidades morales e intelectuales de la persona y no a su apariencia física.  Reflexionando sobre esta alternativa sugirió el siguiente experimento mental: supongamos que, a un príncipe y a un zapatero, mediante una magia diabólica, les intercambian sus contenidos mentales (recuerdos, intereses, vicios y virtudes), pero les conservan sus cuerpos, ¿quién es ahora el príncipe y quién es el zapatero?, ¿A quién deberían los ciudadanos dar el trato de soberano?

Lo que parece un entretenimiento filosófico, especialmente por los experimentos mentales, en realidad tiene consecuencias importantes en nuestra vida cotidiana; la preocupación por saber quiénes somos, cuál es la identidad de una sociedad, qué es el hombre o quién es el otro, son inquietudes que, de manera individual y colectiva, generan largas horas de reflexión y voluminosos tratados. Pero continúan surgiendo nuevas reflexiones y contraejemplos que, cual castillo de naipes, echan por tierra nuestros magros avances.

El neurocirujano italiano Sergio Canavero dice: “Disponer de la tecnología para reconectar todas las estructuras que unen a la cabeza con el cuerpo”; el trasplante de cabeza entonces podría ser técnicamente posible. Si Luis sufriera un severo daño cerebral y le trasplantaran la cabeza de Sergio, quien fue declarado muerto por una falla cardiorrespiratoria, ¿quién seguirá vivo, Luis o Sergio?



Nota publicada en la edición 984


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