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Premio FIL

Retrato bajo una luz segura


Por Verónica López García
10 Septiembre 2018

A lo largo del siglo XX la poesía latinoamericana fue atravesada por varios rayos. El más influyente en la primera mitad de aquel siglo fue el de la tradición española, cuyos autores franquearon —metafórica y literalmente— el océano, para enriquecer las voces de poetas americanos que resistían la violencia política y social.

En ese universo también se apostaba por la recuperación de las vetas literarias regionales para la creación de una voz auténticamente americana. La obra de Ida Vitale en su natal Uruguay, coexistía con repertorios formales de la poesía latinoamericana que venía del modernismo del siglo XIX, con el también uruguayo Julio Herrera y Reissig y el nicaragüense Rubén Darío y con otra veta lírica que hacía visible a la poesía gauchesca.

Aparte se construían las vanguardias latinoamericanas encabezadas por César Vallejo, Vicente Huidobro, Emilio Westphalen y Pablo Neruda. A finales de los años cuarenta, Ida Vitale se abría camino con una obra que problematizaba el lenguaje ante la pérdida del mundo natural. La relación fracturada entre humanidad y naturaleza, así como la preocupación constante por la materialización del poema son asuntos que aparecen en la obra de Vitale. Para esta poeta, la imbricación entre el mundo y el lenguaje se convierte en un sustrato básico sobre el cual germinará el universo lingüístico que contiene sus ideas.

Un desventurado estar solo,

un venturoso al borde de uno mismo.

¿Qué menos?

¿Qué más sufres?

¿Qué rosa pides, sólo olor y rosa,

sólo tacto sutil, color y rosa,

sin ardua espina?

La escisión del ser colocado al borde, pareciera la pérdida irreparable de la compañía. Este poema titulado “Estar solo” publicado en 1953 en el poemario Palabra dada, abre el andar que ha definido la ruta de Vitale. Su obra se ha enriquecido en la problematización del viaje interior de la poeta, que de un fulgor a otro se cuestiona el destino, la ruta, los pensamientos insulares y sus distancias. Las miradas de Vitale siempre son múltiples y se posicionan con mayor frecuencia en el deslumbramiento memorioso de la infancia, en la escritura y sus incógnitas, así como en las imposibilidades y urgencias amatorias.

Escribo, escribo, escribo

y no conduzco a nada, a nadie.

Las palabras se espantan de mí

como palomas, sordamente crepitan

arraigan en su terrón oscuro,

se prevalecen con escrúpulo fino

del innegable escándalo:

por sobre la imprecisa escrita sombra

me importa más amarte.

El espíritu de complejidad de la poesía de Ida Vitale se ha extendido como su propia vida para alcanzar, con el tacto de su voz, espacios que la siguen deslumbrando. Del otro lado, sus lectores gozamos de esas sutilezas que nos resultan tan indecibles como cercanas.

Sólo acepto este mundo iluminado

cierto, inconstante, mío.

Sólo exalto su eterno laberinto

y su segura luz, aunque se esconda.

Despierta o entre sueños,

su grave tierra piso

y es su paciencia en mí

la que florece.

En la obra de Vitale el mismo mundo es otro, acompañado. La consolidación identitaria de su poesía se ha impuesto frente a la masculinización de una literatura latinoamericana que permaneció casi impermeable durante el siglo XX. Ida Vitale, dentro y fuera de la legitimación antologadora que abundó en el siglo pasado y se mantuvo en la primera parte del siglo XXI, es una voz poderosa cuya vigencia descansa en la vitalidad luminosa de los cuestionamientos que a ella invitan a la creación. Su hechura no se debe exclusivamente a la inteligencia con la que leyó las tradiciones de las que como autora procede, sino a la riqueza con la que aborda el efecto trascendente del tiempo y a la tenacidad con la que persigue a “la” palabra.



Nota publicada en la edición 984

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