Foto: Archivo

Ensayo

Todos somos migrantes


Por Cuauthémoc Mayorga Madrigal
29 Octubre 2018

Cuál de los dos amantes sufre más penas

El que se va o el que se queda

El que se queda se queda llorando

El que se va se va suspirando

Canción popular mexicana

Durante el año 2015 el mundo se conmocionó con la imagen de Alan, un niño migrante sirio que fue encontrado muerto en las playas de Turquía, luego de que naufragara la embarcación en que viajaba con su familia y otros compatriotas en busca de una mejor vida.  Habían salido de su país en donde, no digamos vivir dignamente sino simplemente vivir, es un riesgo. No fue sólo Alan lo que movía a la indignación, sino una guerra absurda (como la mayoría de las guerras) que expulsa a sus ciudadanos, así como la insensibilidad de los países receptores para brindarles apoyo y seguridad.

¿Será necesario otro Alan para mostrar y actuar solidariamente con los migrantes?

Migrar en busca de una mejor vida es una acción que acompaña tanto a los animales humanos como no humanos. La historia nos muestra, a través de los primeros vestigios de humanidad, que iniciamos como una especie migratoria; nómadas que se asentaron temporalmente en distintos lugares mientras las condiciones fueron propicias para vivir. Hay aves, insectos, reptiles y mamíferos que cada año se desplazan miles de kilómetros en busca de alimentos, huyendo de los peligros naturales o pretendiendo climas propicios para subsistir. Y los humanos contemporáneos, además de las mismas motivaciones que tienen el resto de los animales para sobrevivir, emigran de sus lugares de origen porque son expulsados por motivos raciales, huyen de la violencia, se alejan de la discriminación, quieren encontrar empleo o buscan que sus hijos no padezcan el miedo, el hambre, el peligro o la falta de oportunidades. En resumen: emigrar para vivir forma parte de la naturaleza de muchas especies de animales y los humanos formamos parte de ellas.

Si la arqueología está en lo cierto, y los primeros vestigios de humanidad se encuentran en África, entonces todos descendemos de migrantes y las irregularidades de la realidad natural, social o política nos determinan a todos los humanos como potenciales migrantes.

La ecuación parece sencilla: si el lugar en que nací es propicio y amable para vivir, entonces no hay motivos para abandonarlo, pero si las condiciones del espacio de vida resultan hostiles, habrá buenos motivos para emigrar y nadie está exhento de esta posibilidad. Abandonar el lugar de origen, la familia, los amigos, la tierra, las costumbres, las comidas, el lenguaje materno puede no ser una decisión fácil, pero a veces es necesaria. Es por lo anterior que no parece razonable juzgar negativamente al migrante, porque un principio natural y vital consiste en buscar las condiciones propicias para vivir y el que emigra simplemente responde a este impulso de sobrevivencia.

Es por lo anterior que hostilizar al migrante, por el hecho de ser migrante, constituye una atentado contra la humanidad. Si bien, en tanto que humanos, no estamos obligados a ofrecer satisfactores a los viajeros, sí estamos obligados a no obstaculizar sus proyectos de vida. Esto es así porque, en tanto que nadie tiene la obligación de hacer el bien, si tendiéramos la responsabilidad de no hacer el mal y, sin duda, obstaculizar un proyecto de vida es una acción maleficente. En ocasiones parece difícil reconocer la universalidad de los derechos humanos, pero al evidenciar que para vivir mínimamente debemos alimentarnos y alejarnos del peligro, se concluye que atentar contra el migrante es atentar contra la tendencia natural a estar vivos.

Nacer en una determinada región del planeta no es motivo de superioridad o de orgullo, es un accidente biológico al igual que ser hombre, mujer, o rubio.  Por lo anterior diría Immanuel Kant: “Originalmente nadie tiene mejor derecho que otro a estar en determinado lugar del planeta”. Las fronteras entre las naciones son construcciones artificiales donde los grupos mayoritarios o quienes ejercen el poder económico y político establecen las leyes, determinan el idioma oficial y, en ocasiones, hasta la religión. Pero idiomas, leyes y religión, también son construcciones artificiales, su razón de ser las hace imprescindibles para la convivencia humana pero, cuando dejan de cumplir la función que les dio origen, conviene que sean abolidos o modificados. Así pues, si una frontera o una ley se presentan como un obstáculo para la vida, bien vale la pena modifícarlas o abolirlas, porque el hambre, el dolor  y el miedo no se eliminan por medio de un decreto.



Nota publicada en la edición 991


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