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Opinión

Educar para el arte


Por Juan Antonio Castañeda Arellano
10 Diciembre 2018

El campo educativo de la imaginación no está reñido con el campo de la coherencia.

Félix García Moriyón

Los investigadores en el campo educativo señalan que las causas de los problemas en aprendizaje deben buscarse tanto en la escuela entendida como institución, al igual que en la práctica docente, en la familia y en el entorno.

Si partimos de que el propósito general del modelo de competencias es ayudar —entre otras cuestiones— a que los estudiantes aprendan a pensar por sí mismos, este ideal es afín a la educación estética. Y es que en esa línea, que señalan diversos autores, se puede  (y se debe) enseñar en términos de sensaciones, colores, formas y composiciones, “puesto que la percepción es también pensamiento”, según el psicólogo alemán Rudolf Arnheim.

Es preciso que los docentes ayudemos a los estudiantes a aplicar el razonamiento lógico a la contemplación del arte en la misma medida en que deberíamos racionalizar los sentimientos.

“En lugar de poner siempre la inteligencia por encima o contra los sentimientos, un educador debería centrar sus esfuerzos en hacer que los deseos fueran más inteligentes y las experiencias intelectuales más llenas de emoción”, afirma  Matthew Lipman, filósofo estadounidense.

En el mismo sentido de que no se puede escindir la lógica de la ética, tampoco debemos separar el pensamiento del sentimiento. La educación para el arte cuenta con una vieja tradición que la sostiene y unos buenos replanteamientos que la actualizan; por tanto, no puede ser considerada como una disciplina de segunda clase en ningún currículum de estudios obligatorios, como ya han señalado reiteradamente estudiosos del tema.

Los pedagogos y estetas nos sugieren ejercitar habilidades y competencias de pensamiento a través del arte, ya que coadyuva en dotar a los adolescentes de recursos personales, intelectuales y colectivos para disfrutar, por ejemplo, un concierto o una obra.

Una misma pieza  puede agradar a algunos estudiantes y puede desagradar a otros, pero hace falta ver cuál es el análisis para usar argumentos más pertinentes y criterios más contundentes. La reflexión sobre el arte es una práctica de aprendizaje porque supone aceptación de otras visiones, comprensión de otros puntos de vista y a la vez permite una reflexión sobre las propias creencias y opiniones. Además favorece el conocimiento, ya sea propio o ya sea del mundo en el que vivimos. Como nos dice el filósofo Hans-Georg Gadamer,  comprender lo que nos dice una obra de arte es una especie de encuentro con uno mismo.

Al mismo tiempo, el arte coadyuva a potenciar el pluralismo. Ciertamente en el campo del arte se puede decir que cada uno tiene una visión distinta, pero eso no puede hacernos olvidar que no todos los puntos de vista son igualmente defendibles.

El arte, nos dijo Borges, es la realidad de lo imaginario, y  André Breton señalaba que “la belleza será convulsa o no será”.

Sin duda, el mundo tiene un rostro feroz, pero los jóvenes adolescentes tienen enorme entusiasmo  y sensibilidad para que las artes los entrenen para soportar la brutalidad del mundo con la finalidad de transformarlo.

En suma, impulsar la creatividad, lo lúdico, en la preparatoria para comprender el arte y para vibrar verdaderamente con lo estético. Los jóvenes estudiantes deben de tener memoria con la cual batirse ante una realidad terrible, aunque se sirvan de las armas que la música hermosa y terrible puede proporcionarles.



Nota publicada en la edición 997