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Ensayo

Derechamente las cosas


Por Salvador Encarnación
14 Enero 2019

Fomentar la lectura para que sea cimiento de una buena ortografía, redacción y estilo es construir en tierra firme. Así, la escritura manifiesta conocimiento y dominio del lenguaje. Podemos sostener entonces que en cada lector se afina —valga el decir— un escritor, una persona que puede precisar su pensamiento por medio de la escritura. En palabras de Juan Gelman: “Siempre estamos escribiendo para entendernos de lo que queremos decir.” O en las de Pablo Latapí: “Enseñar español —sea ésta la primera razón— es enseñar a pensar”.

El estilo surge después de un señorío de la redacción, sí, enseñorearse es hacerla propia, que sea parte de nuestra personalidad, que demuestra una particularidad del autor.

Malraux define al estilo como (citado por Bergamín): “la reducción del mundo a una significación particular”. Ricardo Garibay precisa sobre lo que es el estilo en la escritura: “Se escribe como se es. O sea, se escribe desde el temperamento y el carácter. Un hombre suave, suavemente habrá de escribir; y lo contrario un hombre aristoso. Y tanto, que si algún huracanado escribe con tersura es que la tiene del alma, y el huracán como mera fachada; y será más fácil reconocerlo por su estilo que por su conducta o lo que jure de sí”.  Un ejemplo de lo anterior lo cita Díaz-Plaja en referencia a Azorín: “Todo en su decir y en su hacer era pulcro, terso. Como su prosa; como su pensamiento”.      

Platicando sobre su estilo, el escritor Juan Rulfo expresó: “Quería no hablar como se escribe, sino escribir como se habla”. Arreola escribió algo parecido en su Inventario: “Porque nunca he estudiado la gramática y escribo como puedo. Esto es, como el pueblo —que es la voz de Dios— me da a entender. ¿Voz de Dios? ¡Qué atroz cacofonía!”. La expresión de Rulfo y Arreola proviene (más del primero que del segundo) por cierto, de Juan de Valdés: “guarda mi regla de scrivir como pronuncio”. El punto de partida viene, tal parece, del gramático Nebrija: “Assi tenemos es escribir como pronunciamos i pronunciar como escribimos porque de otra manera en vano fueron halladas las letras”. Azorín, en su libro El escritor, hace el resumen perfecto: “Juan de Valdés ha dado la norma definitiva en el estilo: ‘Escribo como hablo.’ Pero fíjese usted en que quien dice eso, es decir, quien escribe como habla, no es el curtidor de la cuesta del río, ni la zabarcera de la plazuela, ni el pelantrín en el haza, sino Juan de Valdés, o sea una persona cultivada y leída”.

Volvamos a la pregunta. ¿Qué es el estilo? Azorín dice que “no es nada. El estilo es escribir de tal modo que quien lea piense: esto no es nada. Que piense: esto lo hago yo. Y que sin embargo no pueda hacer eso tan sencillo —quien así lo crea—; y que eso que no es nada, sea más difícil, lo más trabajoso, lo más complicado”. La sencillez es lo que más les ha preocupado a los escritores de todos los tiempos. Así lo decía el antiquísimo Gonzalo de Berceo: “Quiero fer una prosa en román, paladino,/ En qual suele el pueblo fablar á su vecino”.

Antonio Machado, en su Juan de Mairena nos da un ejemplo de estilo:

    —Señor Pérez, salga usted a la pizarra y escriba: “Los eventos consuetudinarios que acontecen en la rúa”.

    El alumno escribe lo que se le dicta.

    —Vaya poniendo eso en lenguaje poético.

    El alumno, después de meditar, escribe: “Lo que pasa en la calle.”

    Mairena: —No está mal.

Encontrar el estilo se hace desde la lectura y redacción. Leer y redactar es ejercitarse en el uso del idioma. Que el estilo parezca que no es nada y sin embargo es el resultado de lecturas, de pocas pero bien leídas y de redacciones las más no publicadas. Al leer el ejemplo de Machado se recuerdan los versos de Lope: “la claridad/ es a todos agradable,/ que se escriba o que se hable.”

Los escritores dejan por ahí y por allá sugerencias sobre las características que debe poseer un texto, ya sea en su estilo, en la extensión o incluso, en el estado de ánimo. Arreola, en su clase de taller literario sostenía, al igual que Baltasar Gracián: “Si el texto es breve y bueno es dos veces bueno.” Sentencia cercana al decir de don Quijote: “y sé breve en tus razonamientos, que ninguno hay gustoso si es largo”. Galeano aconseja: “Entonces el primer mandamiento del arte de narrar es: prohibido aburrir; esa es la enseñanza…”.

  Los escritores coinciden en la claridad del texto. El mensaje debe llegar claro al lector. A estas alturas se puede afirmar: una cualidad de todo estilo debe ser la claridad. En 1634, Lope de Vega se defendía, con un soneto, de Góngora y el gongorismo; cito el segundo cuarteto: “Si vos imperceptible, si remoto/ Yo blando, fácil, elegante y puro;/ Tan claro escribo como vos oscuro;/ La Vega es llana y intrincado el soto”. Don Quijote le aconsejó a Sancho cómo contar un cuento: “cuéntalo como hombre de entendimiento, y si no, no digas nada”. Con la claridad que da el entendimiento, es de suponer.

El Manual de estilo proceso, propone ocho cualidades del estilo (claridad, propiedad, precisión, brevedad, sencillez, vigor expresivo, armonía y abundancia) y opina de ellas: “Son consideradas en nuestro idioma los principales atributos de un buen escrito.”

Azorín, promotor de la claridad en el texto, dice: “Retengamos esta máxima fundamental: derechamente a las cosas.”

 La hoja escrita es el reflejo (espejo) de quien escribe. Sí, el estilo es el resultado de lecturas previas, de escrituras que aspiran a decir más con menos palabras. Hoja escrita, pulida en la experiencia de la lectura y escritura; texto que aspira a ser presentado en todo su valer.



Nota publicada en la edición 998


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