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Opinión

Dentro y fuera de la escuela: una tarea inseparable


Por Juan Antonio Castañeda Arellano
11 Marzo 2019

Ningún pueblo es esto o aquello en su totalidad. Estamos siendo esto o aquello, o más o menos esto o aquello, en la experiencia histórico-cultural  de las clases y los grupos sociales que actúan en la sociedad.

Paulo Freire

Ninguna escuela es esto o aquello en su totalidad. La construcción de la escuela de calidad no depende, tampoco, de la voluntad de algunas educadoras y educadores, de algunos alumnos, de ciertos padres o madres. Esta construcción es un proceso por el que debemos luchar todas y todos los que apostamos a la calidad, la libertad, el compromiso, la creatividad y la alegría dentro y fuera de la escuela.

La lucha coherente por lograr la calidad nos exige respetar a los otros, asumir el deber de cumplir nuestras tareas, de luchar por una academia dialogante, participativa, de no huirle a la obligación de intervenir como educadoras o educadores, de poner límites a nuestra autoridad como a la libertad de los estudiantes. Nos exige capacidad científica, formación permanente y claridad pedagógica, sin la cuales dificultamos nuestras decisiones. Esa claridad pedagógica que nos exige un profundo sentido de responsabilidad, comprometiéndonos con esta lucha en los procesos educativos y socioculturales.

Se tiende a ver a la educación como algo homogéneo, con un principio y un final. El inicio, en esta visión, se da desde las escuelas preescolares, primarias, secundarias, y su conclusión es la universidad con los diversos grados que oferta. Sin duda esta percepción nos revela una cortedad  de miras en el panorama educativo, se ciñe más creyendo que la educación es nada más la interacción en el aula, entre el profesor y el alumno, dejando de lado aspectos importantes y obvios. Pero como dice Jean Piaget, “lo obvio no es obvio”. Quizá esa obviedad es la causa de la omisión. Factores como el aspecto económico, socioculturales y el contexto social, no siempre son puestos a consideración en las reflexiones sobre la educación en nuestro país; pero también en nuestra universidad.

Posiblemente lo peor es olvidar que los primeros años de nuestra vida transcurren en el seno familiar. Al no considerar todas las contingencias que forjan la personalidad de un individuo, la idea de una educación fallida, catastrófica en ciertos casos, se vuelve parcial.

Es fundamental en los departamentos y academias una reflexión sobre la educación en lo general y en lo particular del modelo educativo y el entorno en que se ubica. Es vital el papel y la responsabilidad inherente a los profesores, pero también de los alumnos, los padres de familia y el contexto social; las salidas falsas y los juicios y descalificaciones sobre una labor en la que en rigor todos somos y estamos involucrados. En suma, no se debe pensar que los profesores son los únicos responsables de la educación: la educación es un asunto económico, político, sociocultural que nos corresponde a todos.

Es vital no perder de vista que el propósito es impulsar el potencial de aprendizaje de los adolescentes mediante el diálogo. No todo lo que se habla ni todo lo que se escucha es siempre creativo, pero el diálogo creativo consiste en utilizar el habla para estimular el pensamiento y el aprendizaje. Los diálogos son creativos cuando son abiertos, permiten opiniones diferentes (incluyendo los puntos de vista críticos) y estimulan ideas nuevas.

Hay quien afirma lo siguiente: más que transmitir saberes, el maestro genera ambientes de aprendizaje, de adquisición de concimientos dentro del aula. Esto no se anuncia para evadir las responsabilidades cuando la educación no da los frutos deseados, sólo ostenta el carácter colectivo de la educación; no reparte culpas, incita a trabajar en conjunto. Ahora bien, sería ingenuo pensar que la labor del docente se limita a planificar y a operar el programa, impulsar las competencias, su P S P de la clase impartida. El profesor debe estar en constante comunicación con su contexto y entorno, ser consciente de la existencia de diversas corrientes pedagógicas, psicológicas y sociales, actualizar sus conocimientos; además, y sobre todo, conocer a sus alumnos, poseer cierto grado de empatía, afecto y, aunque suene pedante, amor por la educación, ya que se labora con personas. Tener en cuenta los imprevistos dentro del aula de clase, entre otras tantas cosas, y esto es una labor que el docente oculta en la caja negra de las reflexiones sobre el campo educativo.



Nota publicada en la edición 1006