Espectaculo
El cabaret de la realidad
Regina Orozco presentó en el Teatro Diana Rosa mexicano, un espectáculo de cabaret, netamente nacional y crítico pero rodeado del ánimo satírico
Foto: Milenio
Por Adriana Navarro
22 Septiembre 2008
Una noche de cabaret es como una metáfora del mundo decadente. En la oscuridad cabaretera se recurre al humor negro para parodiar una trágica realidad. La tradición de la original carpa de cabaret nació en los barrios de México donde los artistas llevaban al pueblo el humor, la sátira y la crítica política. El cabaret original fue Le Chat Noir en París, un lugar a donde iban artistas para sanar su malestar social. Solían actuar cantautores, se presentaban espectáculos de teatro de sombras, pero lo más característico eran las bailarinas de cancán de nombres extravagantes como Grille d’Égout (grillo de alcantarilla), La Goulue (la ninfómana) o La Sauterelle (la saltamontes). “Cabaret” es una palabra de origen francés cuyo significado original era taberna, pero que pasó a utilizarse internacionalmente para denominar una sala de espectáculos, generalmente nocturnos, que suelen combinar música, danza y canción, aunque también la actuación de humoristas, ilusionistas, mimos y muchas otras artes escénicas. Para Regina Orozco, diva del cabaret mexicano que se presentó el 20 de septiembre en el Teatro Diana con el espectáculo Rosa mexicano, el cabaret es el mejor medio para los mexicanos: aceptamos nuestra esencia e idiosincrasia porque es más fácil reírnos de nosotros mismos. “El cabaret es un género muy poderoso, la risa relaja y el mensaje para el público es directo. Es más fácil con el alcoholito y la risa, reconozcamos nuestros errores humanos que siempre van a existir y siempre han existido”, dijo la soprano vedette, mejor conocida como la megabizcocho. Orozco también participa en causas políticas de izquierda, en la causa feminista y en la defensa de los derechos de las minorías. Ha dicho que el espectáculo Rosa mexicano surgió de cuestionarse por qué nuestro pueblo no se une para combatir las injusticias sociales. “Somos muy ‘chonitos’ para exigir las cosas. Poco a poco me fue intrigando por qué los mexicanos reaccionamos así”, además “los mexicanos tenemos memoria de concursante de belleza porque se nos olvida todo: ya no nos acordamos de Acteal ni de Salinas que ahí sigue muy campante el cabrón”. Los espectáculos sirven para refrescar la memoria y la crítica social. Rosa mexicano rescata etapas históricas como la vida de la Malinche, los sacrificios humanos prehispánicos, la Conquista y sus secuelas, el chauvinismo, los férreos nacionalismos, la familia mexicana, sus tradiciones y la migración. Analiza esos hechos tras una revisión de El laberinto de la soledad de Octavio Paz y México profundo de Guillermo Bonfil Batalla, además de tomar en cuenta la Revolución de 1910 y la Virgen de Guadalupe. Sin embargo, hay quienes se sienten ofendidos con tanta risotada cabaretera, dijo Orozco: “Una vez cuando hacíamos el espectáculo Érase una vez el látex, donde se hablaba del uso del condón como método de prevención, una señora nos gritó ‘¡Váyanse cochinos!’”. Desafortunadamente en nuestro país al cabaret se le sigue considerando “como una peluca mal puesta y una falda sacada del clóset de mi abuelita, entretener a una bola de borrachos. El cabaret no es nada de eso, es una postura y una idea política”, según dijo Tareke Ortiz dentro del Fórum Universal de las Culturas en Monterrey 2007, artista que inició su carrera con el cabaret posmoderno político. La realidad es que el cabaret en México se ha fundamentado en desobediencia civil y resistencia, señalando así la estrecha conexión entre su obra y el activismo social, de acuerdo al texto de Gastón Alzate en su libro Teatro de cabaret, imaginarios disidentes. Alzate decía que el cabaret se ha constituido como una red simbólica contestataria relacionada con una necesidad social frente a mecanismos de marginación, coincidentes con la aparición de la globalización económica en el contexto mexicano a partir del gobierno priísta de Miguel de la Madrid, en los ochenta: “A mi entender, el cabaret presenta un claro afán de diálogo con realidades que tienden a ser negadas o minimizadas por los discursos dominantes en los medios y en la cultura”. El claro afán del cabaret es dialogar con realidades que tienden a ser negadas o minimizadas por los discursos dominantes en los medios y en la cultura, a través de agudas referencias críticas a la realidad nacional. Al espectador no le queda más remedio que aceptar el absurdo del melodrama, y al hacerlo, entra en un estado de delirio semejante al del actor. Regina Orozco dijo que afortunadamente el cabaret ha tenido mayor impulso este año, ya que el Fondo Nacional para la Cultura y las Artes (Fonca) lanzó la convocatoria en apoyo a los artistas que se desarrollan en Teatro, Danza, Cabaret, Música y Artes Circenses. Astrid Hadad, otra cabaretera reconocida, dijo al periódico Siglo de Torreón el pasado mes junio que antes ni el Fonca ni el Conaculta consideraban al cabaret como un arte válido para ganar apoyos. “Con el tiempo, hemos convencido a la gente de que el cabaret también es cultura, que implica danza, canto y, en mi caso, un acercamiento con la plástica”. El cabaret es un ataque tan fuerte al falso nacionalismo y puede abordar temas difíciles de tratar en otros medios ­como el aborto, la homosexualidad, la subordinación de la mujer en la vida moderna, el complejo tema de la cuestión indígena, la pedofilia eclesiástica y de las élites laicas: cuestiones claves para la necesaria deconstrucción de esa patología de los lazos simbólicos tradicionales.


Nota publicada en la edición 543


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