Opinión

La autopista electrónica

Por Édgar Corona
1 Julio 2013

Fábrica de sonidos, columna semanal dedicada a la música por Edgar Corona



Los rumores de un posible álbum inédito de Kraftwerk, agrupación alemana que definió el curso de la música electrónica y su encuentro con el pop, resultan pertinentes para efectuar una revisión del transcurso de este género, que ha derivado en una serie de estilos, de subgéneros, que han marcado las tendencias más “vanguardistas” de los últimos años. 

De la música concreta hasta el trap, los sonidos electrónicos se han convertido en una forma de percibir las experiencias de la vida cotidiana, siempre en asociación con las manifestaciones del baile. En síntesis, la música electrónica ofrece distintas posibilidades, teniendo como catalizador principal el uso de la tecnología.

Para algunos sencillamente música de máquinas, la electrónica se distingue por la incorporación de elementos que la enriquecen en su composición, o como dice el periodista Simon Reynolds: “Se trata de un eco en el pop, del proyecto vanguardista de expandir el marco de lo que convencionalmente se considera música, a través de la incorporación de ruido y sonidos de ambiente”.

En esta conjunción de elementos, el ambiente es definitivo para comprender esa relación entre los sonidos sintéticos y las atmósferas envolventes.

Brian Eno, a quien se le considera uno de los pioneros de este género, tiene en su álbum Music for airports, uno de sus aportes más grandes, que ha conseguido influenciar, sobre todo, a músicos relacionados con el art rock. Pero como explico, la música electrónica, más allá de su estética, mantiene esa vinculación con el movimiento, desatando reacciones en la pista de baile.

La música electrónica es sumamente física, compromete los reflejos psicomotores del cuerpo, y da una sacudida a todos sus miembros. Aunque hay posturas que ofrecen una perspectiva diferente, como la de Kodwo Eshun, escritor y realizador de videos poco convencionales, quien dice: “La electrónica más sofisticada hace que la mente baile y el cuerpo piense”. En esta correlación entre  música sintética y baile, es indudable la aportación que efectuó New Order en la década de los ochenta y principios de los noventa.

En años recientes hemos visto cómo la música electrónica se ha relacionado con la mayoría de los géneros. Es casi imposible que las producciones escapen al uso de recursos que generalmente las enriquecen, aunque hay momentos en que el abuso puede convertirse en un arma de doble filo.

Una de las grabaciones más interesantes de los últimos tiempos es Give Up, el álbum que dio a conocer el trabajo de Postal Service, una producción que confirmó la atracción entre la electrónica y el pop, y que hace poco fue reeditado. Como este ejemplo destacan otras grabaciones que son reveladoras para el curso de la electrónica reciente, entre estas, Untrue, del proyecto Burial. 

Sin embargo, el panorama de la electrónica se vislumbra difuso, pese a que muchos insisten en considerarla como “la música del futuro”, un término por demás desgastado. La apuesta de los músicos dedicados a la construcción de sonidos sintéticos debe ser renovadora, con una visión que desentrañe el presente, para lograr esos pequeños giros que la mantengan como una manifestación de vanguardia y sin restricciones. Siempre propensa a otorgar esa sacudida entre cuerpo y mente.



Los sonidos electrónicos se han convertido en una forma de percibir las experiencias de la vida cotidiana, siempre en asociación con las manifestaciones del baile
Nota publicada en la edición 751


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