Pedro Páramo es buena compañía

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Foto: Cortesía

El maestro Iván, en la secundaria, nos leyó en voz alta “Macario” de Juan Rulfo. Su voz era un tanto chillona pero sabía leer. El cuento se puso interesante cuando leyó: “La leche de Felipa es dulce como las flores del obelisco”.  Su voz llenó el silencio del salón. Al terminar la lectura, preguntó:

—¿Alguien conoce las flores del obelisco?

—Yo conozco una Felipa —contestó un compañero.

Yo conocía otra, muy entrada en años. Los domingos vendía pan tachigual en el mercado. “Voy a dejar el libro en la dirección. Si alguien lo quiere leer se anota con el secre”, dijo el maestro y salió del aula. Yo fui el lector número siete de ese libro.

En la Prepa 2 impartía literatura “El Gallo Giro”, así le apodaban por su parecido con Luis Aguilar. Sereno, indicó: “Van a leer un libro en el transcurso del semestre”.

—Encarnación, ¿cuál libro va a leer?

—Pedro Páramo —contesté.

A medio camino de la lectura estaba arrepentidísimo. Los vivos de aquí estaban muertos por allá y por aquel lado andaban otros personajes en un pueblo verde para unos y seco para otros. Pero las palabras con las que estaba escrito eran las mías, las del Sur de Jalisco. Incluso, en unos fragmentos, me recordaba el tono de las oraciones de los velorios en voces de los viejos. Casi al término del semestre, me preguntó:

—¿Cómo le fue con Pedro Páramo?

—Bien. Aquí estoy vivo. Creo que es una historia para armar en la cabeza. Es leer y meditar cada personaje después.

—Sí, estoy de acuerdo.

Platicamos sobre el personaje Susana San Juan. Se convenció de mi lectura y para finalizar me preguntó: “¿Lo volvería a leer?” Le contesté: Sí, pero déjeme descansar.

En el año de 1985, volví con nuevos ímpetus a Pedro Páramo. A la segunda lectura me percaté que unos fragmentos de por acá se relacionaban con otros de por allá. Que era una historia como barajeada. Conversando con el poeta Ernesto Flores sobre mi hallazgo, exclamó sorprendido:

—No me digas.

—Sí.  Los fragmentos de Juan Preciado son estos y si los unimos se tiene casi una historia lineal.

—No.

—Sí. Y voy a fotocopiar el libro para recortar los fragmentos y unirlos…

—Mira —dijo atajándome la plática—, hace años ya se hizo ese trabajo.

Flores extrajo de su librero un ejemplar de Pedro Páramo. En la introducción venía un cuadro en donde se explicaba, a grandes rasgos, los niveles de Juan Preciado y  Pedro Páramo. “En la esquina está una papelería —dijo mientras me permitía el libro—, sácale una fotocopia a la página”.

A mi parecer Pedro Páramo se debe leer en voz alta. Las palabras se escuchan tensas y afinadas, como cuerdas de guitarra y en momentos graves como la voz del violonchelo. Ahí están las técnicas narrativas, bien utilizadas como la estructura de un edificio. Ahí está el vocabulario de ese espacio de tierra que Arreola bautizó como Jaliscolimán. Y el milagro, es un libro breve que sigue el consejo de Baltasar Gracián: “Lo bueno si es breve es dos veces bueno”. Sí, Pedro Páramo es una buena compañía.

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